Hace veinte años, conseguir harina de maíz precocida en Valencia o en Madrid era casi una aventura.

Había que ir a un locutorio que vendía también alimentación, preguntar si había llegado el pedido y pagar lo que pidieran. Quien quería hacer arepas, tamales o un sancocho como el de su madre tenía que buscar mucho y conformarse con lo que hubiera.

Hoy esa misma harina está en Mercadona, en Carrefour, en Día y en El Corte Inglés. Y no por casualidad.

Detrás de ese cambio hay una transformación económica que casi nadie mide con atención y que, en mi opinión, explica una parte del crecimiento del consumo en España.

Los datos, primero.

Según la Estadística Continua de Población del INE, España alcanzó los 49,8 millones de habitantes a 1 de julio de 2026. De ellos, 10,29 millones nacieron fuera del país. En el segundo trimestre del año, las tres nacionalidades que más llegaron fueron la colombiana, con 34.000 personas, la venezolana, con 23.300, y la marroquí, con 21.100. Perú aportó otras 16.800.

Esas personas comen, cocinan, compran ropa, van a la peluquería y celebran cumpleaños. Es decir, consumen. Y lo hacen a un ritmo que la economía española ya nota.

El informe "Siete millones de razones para crecer", publicado en marzo de 2026 por la consultora Worldpanel by Numerator, pone cifras a ese consumo. El 14 % de los hogares de España está formado por residentes extranjeros. Su gasto en gran consumo dentro del hogar creció un 12,4 % en un año. El de los hogares formados por personas nacidas en España bajó un 2,4 %.

La diferencia no se queda en la alimentación. Los hogares extranjeros gastan un 11 % más en textil y un 4 % más en belleza. Los nacionales redujeron esas partidas un 5 % y un 4 %.

Dicho de otro modo: mientras el consumo de las familias españolas se estanca, el de las familias que llegaron de fuera lo sostiene.

Y dentro de ese grupo, la comunidad latinoamericana pesa mucho. Según la misma consultora, casi la mitad de la población extranjera de España nació en América Latina y suma alrededor de 1,6 millones de hogares.

Qué hay en la cesta

Aquí es donde el asunto se vuelve interesante para cualquiera que piense en negocio.

Los hogares extranjeros dedican el 72 % de su presupuesto de gran consumo a alimentación y bebidas dentro de casa. Los latinoamericanos comen en casa el doble de veces por semana que la media y sus recetas giran alrededor del pollo y el arroz. Cada hogar latino gasta al año unos 4.135 euros en gran consumo, en compras que suman más de 1.500 kilos.

Las categorías donde estos hogares superan con claridad a la media nacional son harinas y sémolas, arroz, azúcar, infusiones, mantequilla, repostería, zumos, cereales de desayuno y carne congelada. Worldpanel calcula que el 70 % de los modos de preparar la comida los determina el origen de la familia.

Traducido a productos concretos: harina de maíz para arepas y empanadas, arroz de grano largo, panela, plátano macho, yuca, frijoles, ají, queso fresco, guaraná y malta, bocadillo de guayaba, chifles y chips de yuca. Y café en grano, cuyo consumo en España creció un 14 % en el último año según NielsenIQ.

Hay otro dato que conviene guardar. El 51 % de estos hogares compra marca de distribución, por encima de la media, y el 46 % compra en tiendas de surtido corto. Compran menos veces, con cestas más cargadas, y comparan precios. Es un consumidor exigente con el bolsillo pero, como dice Julio Blanco, de la distribuidora madrileña Mercontrol, "muy marquista": si encuentra la marca de su país, la elige.

Las importaciones cuentan la misma historia por el otro lado.

Según los datos de Aduanas recogidos en DataComex, España importó en 2025 frutas por valor de 5.339 millones de euros. El producto más valioso fue el aguacate, con 634 millones, y su primer proveedor fue Perú, con 302 millones. Las bananas sumaron 431.000 toneladas y 298 millones de euros, con Costa Rica a la cabeza. La piña aportó 191 millones y el mango 179, con Brasil y Perú como principales orígenes.

Perú figura ya entre los tres países que más fruta venden a España, junto a Marruecos y Estados Unidos. Y en el primer cuatrimestre de 2026, según FEPEX, las entradas de plátano crecieron un 25 % hasta las 159.000 toneladas.

No todo ese aguacate ni todo ese plátano lo comemos los latinos, claro. Pero fue nuestra demanda la que abrió camino en los mercados mayoristas, y hoy el consumidor español ha adoptado esos productos como propios. Ese es el patrón que se repite: primero la nostalgia, después el mercado general.

El negocio ya existe, pero está a medio construir

Distribuidoras como Goya Europa, con sede en Toledo, presumen de miles de puntos de venta en España. Mercontrol, nacida en Madrid en 2004, sirve a Carrefour, Alcampo y Amazon con harina de maíz, chocolates y aperitivos. Empresas como Saexma o Ibero Express mueven cientos de referencias. Y en Usera, Tetuán, Carabanchel, Russafa o el Raval, las tiendas latinas han pasado de ser un locutorio con estanterías a comercios con cámara frigorífica, productos frescos y reparto a domicilio.

Las grandes cadenas ya han tomado nota. Carrefour vende tequeños y arepas congeladas de una marca venezolana desde 2019, y el informe 2024 del mercado de comida étnica de Alimarket registra crecimientos de dos dígitos en referencias mexicanas y tortillas de maíz.

Pero si miramos con honestidad, la mayor parte de la cadena de valor sigue en manos ajenas a nuestra comunidad.

La harina de maíz que compramos la fabrican multinacionales. El plátano lo importan grandes grupos fruteros. Las marcas blancas de arepas son de las cadenas. Y en muchos barrios la tienda latina sigue siendo un negocio familiar sin escala, sin marca y sin capacidad de negociar precios con el importador.

Ahí es donde veo la oportunidad. No en abrir otra tienda de barrio, sino en subir un escalón.

Primero, en la producción en España. Ya hay obradores que hacen arepas, tequeños, empanadas y tamales congelados con la certificación que exige la gran distribución. Fabricar aquí, con etiqueta europea, ahorra transporte y aranceles y permite entrar en el lineal con marca propia. Quien consiga que una cadena nacional coloque su marca de arepas o su queso fresco junto a la marca blanca tendrá un negocio de verdad.

Segundo, en la importación especializada. Perú, Colombia y Ecuador exportan cada año más aguacate, café, cacao, banano y mango a Europa, y España es una de sus puertas naturales por idioma y por comunidad. Un importador latino que conozca al productor en origen y al comprador en destino tiene una ventaja que muchas empresas españolas no tienen.

Tercero, en la hostelería organizada. Los restaurantes facturaron en España cerca de 31.000 millones de euros en 2025, según DBK, y los formatos de servicio rápido crecen más deprisa que el resto. Cadenas de arepas, de pollo a la brasa o de ceviche con procesos, franquicia y marca todavía son escasas. La hamburguesa y el kebab ya hicieron ese recorrido. La arepa puede hacerlo.

Cuarto, en todo lo que no es comida. Los hogares extranjeros gastan más en ropa y en belleza, y las peluquerías, los centros de estética y las tiendas de moda de nuestros barrios ya lo saben. Falta que ese conocimiento se convierta en marcas.

Y quinto, en el dinero que sale. España envió unos 10.700 millones de euros en remesas en 2023, el 60 % con destino a América Latina, con Colombia por encima de 1.500 millones y Ecuador cerca de 900, según el Banco de España. Cada uno de esos envíos paga una comisión. Quien ofrezca un servicio más barato y más claro para enviar dinero a Colombia, Perú o Ecuador tiene un mercado de millones de operaciones al año.

Lo que nos toca hacer

Hay un dato en el informe de Worldpanel que me hace pensar más que los otros. Cuando en un hogar extranjero hay hijos, las categorías que compra se parecen cada vez más a las de un hogar español.

Eso significa que el mercado de la nostalgia tiene fecha de caducidad. La segunda generación pedirá arepas, sí, pero también pedirá que estén en el súper de la esquina, con envase cuidado, precio competitivo y receta adaptada. Quien siga vendiendo solo a los recién llegados se irá quedando sin clientes.

Por eso el reto no es únicamente vender productos latinos a latinos. Es convertir esos productos en parte de la cesta española, como ya ha pasado con el aguacate, el mango o la tortilla de maíz. Y conseguir que quienes lo hagan sean empresas nacidas en nuestra comunidad.

En la columna anterior escribía que los autónomos latinoamericanos han pasado de buscar empleo a crear negocio. La cesta de la compra dice dónde puede estar una parte de ese negocio: en lo que ya comemos, bebemos y compramos cada día.

Dentro de poco más de una década, dos de cada diez hogares de España serán de residentes extranjeros. Las cadenas de distribución ya lo saben y están adaptando sus lineales. La pregunta es si nuestra comunidad va a ser solo la clienta de ese cambio o también su propietaria.

Y esta es mi mirada.

Diego Simbaña, CEO y director editorial de Grupo Familia Latinos.