La Mirada de Diego Simbaña
Durante muchos años, hablar de inmigración latinoamericana en España significaba hablar, casi inevitablemente, de empleo.
Quien llegaba necesitaba trabajar cuanto antes. Había que pagar una habitación, regularizar la situación, enviar dinero a la familia y, en muchos casos, empezar prácticamente desde cero. Esa fue la realidad de miles de colombianos, ecuatorianos, venezolanos, peruanos, bolivianos, dominicanos y ciudadanos de otros países de América Latina.
Dos décadas después, aquella fotografía empieza a quedarse pequeña.
El empleo sigue siendo fundamental, por supuesto, pero alrededor de la comunidad migrante está ocurriendo otro fenómeno: cada vez más personas trabajan por cuenta propia, abren negocios y encuentran en el emprendimiento una forma de construir su futuro en España.
Los últimos datos de la Seguridad Social ayudan a poner dimensión al cambio.
En agosto de 2026 había 537.660 trabajadores autónomos de nacionalidad extranjera en España, un 10,3 % más que un año antes. En agosto de 2025 eran 487.601. Es decir, en doce meses se han incorporado alrededor de 50.000 autónomos extranjeros.
No estamos hablando ya de una presencia testimonial, estamos hablando de más de medio millón de trabajadores por cuenta propia, un crecimiento que no se explica solo por la recuperación económica.
Cuando ampliamos la mirada a los últimos cuatro años, el cambio resulta todavía más evidente.
Según un análisis de UPTA elaborado con datos de afiliación de la Tesorería General de la Seguridad Social, en julio de 2022 España tenía 399.890 autónomos extranjeros. En julio de 2026 eran 532.356.
Son 132.466 más, un incremento del 33,1 %.
Durante ese mismo periodo, los autónomos de nacionalidad española pasaron de 2.937.956 a 2.930.326. Es decir, disminuyeron en 7.630 personas.
El conjunto del RETA ganó 124.836 afiliados, pero el crecimiento de los extranjeros fue superior a esa cifra porque también compensó la reducción registrada entre los nacionales. Por eso UPTA calcula que los autónomos extranjeros equivalen al 106,1 % del crecimiento neto del RETA entre julio de 2022 y julio de 2026.
Hay que interpretar ese porcentaje correctamente. No significa que los extranjeros representen el 106 % de los autónomos españoles. Significa que, sin su crecimiento, el número total de autónomos en España sería hoy ligeramente inferior al de hace cuatro años.
Ese dato me parece especialmente relevante porque obliga a mirar la inmigración desde otra perspectiva.
Durante mucho tiempo hablamos de las personas migrantes como trabajadores necesarios para cubrir determinados puestos. Ahora una parte creciente también está generando su propia actividad económica.
Colombia y Venezuela muestran bien el cambio. Dentro de las nacionalidades latinoamericanas, Colombia es probablemente el ejemplo más llamativo.
En julio de 2026 había alrededor de 24.000 autónomos colombianos en España. Cuatro años antes eran aproximadamente 10.731.
La diferencia es de 13.269 personas, lo que supone que el número de autónomos colombianos se ha más que duplicado desde 2022.
Venezuela alcanzaba, por su parte, 19.484 autónomos.
Solo estas dos nacionalidades sumaban ya más de 43.000 trabajadores por cuenta propia.
Y aquí conviene hacer una aclaración para no inflar las cifras.
No existe una estadística oficial única de “autónomos latinos en España”. La Seguridad Social clasifica principalmente por nacionalidad. Por tanto, un ecuatoriano, colombiano o argentino que haya adquirido la nacionalidad española aparecerá estadísticamente como español.
La diferencia no es pequeña.
A 1 de julio de 2026 España tenía 7,44 millones de residentes de nacionalidad extranjera, pero 10,29 millones de personas habían nacido fuera del país. La diferencia se explica, en gran medida, por quienes han adquirido la nacionalidad española.
Por eso, cuando hablamos del emprendimiento latino, las cifras de colombianos o venezolanos con nacionalidad extranjera nos permiten observar la tendencia, pero probablemente no recogen toda su dimensión.
También está cambiando el tipo de actividad
Otro dato rompe algunos estereotipos.
El emprendimiento extranjero continúa teniendo un peso muy importante en hostelería, construcción y comercio, pero está creciendo también en sectores de mayor cualificación.
En agosto de 2026, los extranjeros representaban el 33,5 % de los autónomos en Telecomunicaciones y Programación Informática. También suponían el 25,7 % en hostelería, el 19,8 % en actividades administrativas, el 19 % en construcción y el 18,5 % en actividades inmobiliarias.
Esto merece atención.
Durante años, la imagen del emprendedor inmigrante estuvo asociada principalmente al restaurante, el locutorio, la peluquería, la tienda de alimentación o una pequeña empresa de construcción.
Esos negocios siguen siendo fundamentales y, en muchos casos, fueron la primera puerta de entrada a la independencia económica.
Pero ahora vemos también programación, telecomunicaciones, servicios profesionales, gestión inmobiliaria, marketing digital, comercio electrónico o consultoría.
No significa que estemos ante una revolución empresarial de un día para otro. Significa algo más interesante: la estructura económica de la inmigración está madurando.
Y eso coincide con una transformación demográfica mucho mayor.
España alcanzó los 49,8 millones de habitantes a 1 de julio de 2026. El aumento de población volvió a estar impulsado por las personas nacidas en el extranjero, y Colombia y Venezuela estuvieron entre las principales nacionalidades de las nuevas llegadas.
Ya no hablamos solamente de personas que llegan.
Hablamos también de familias que llevan diez, quince o veinte años aquí; de hijos que han crecido en España; de personas que compran vivienda, acceden a financiación, crean negocios y empiezan a acumular patrimonio.
Eso modifica también el mercado.
El verdadero reto no es abrir un negocio, sino hacerlo crecer
Aquí es donde creo que debemos evitar el triunfalismo.
Darse de alta como autónomo no convierte automáticamente a una persona en empresario.
Muchos autónomos siguen dependiendo exclusivamente de su propio trabajo. Si no trabajan, no facturan. No tienen empleados, apenas tienen estructura y disponen de muy poco margen para invertir o crecer.
Por eso el siguiente salto es mucho más difícil.
Nuestra comunidad ya ha demostrado que sabe trabajar y que sabe emprender.
Ahora tenemos que preguntarnos cuántos de esos negocios conseguirán dentro de cinco o diez años tener cinco, diez o cincuenta trabajadores.
Ese es el cambio que realmente puede transformar la posición económica de los latinoamericanos en España.
Un restaurante puede convertirse en una cadena.
Una pequeña empresa de reformas puede crecer hasta convertirse en una constructora.
Una agencia especializada inicialmente en clientes latinos puede terminar atendiendo al mercado general.
Una persona que hoy factura sola desde un ordenador puede mañana dirigir una compañía tecnológica.
Pero para eso hacen falta cosas que van mucho más allá de la voluntad de emprender.
Hace falta financiación. Formación empresarial. Contabilidad. Tecnología. Digitalización. Contactos. Capacidad de gestión.
Y, sobre todo, una mentalidad diferente.
Durante mucho tiempo, para muchos inmigrantes emprender significó crear su propio puesto de trabajo.
Ahora necesitamos que también signifique crear puestos de trabajo para otros.
Una oportunidad para España y para nosotros
España tiene además otro desafío empresarial que pocas veces relacionamos con la inmigración: el relevo generacional.
Miles de pequeños comerciantes y profesionales se jubilarán durante los próximos años y una parte de esos negocios corre el riesgo de desaparecer porque nadie continuará la actividad.
UPTA ha planteado precisamente la posibilidad de conectar ese relevo con nuevos emprendedores extranjeros.
La idea tiene sentido.
Por un lado, empresarios que quieren retirarse y poseen negocios en funcionamiento.
Por otro, personas que quieren emprender pero encuentran dificultades para empezar desde cero.
Ahí puede existir una oportunidad económica interesante para ambas partes.
Y también para ciudades como Valencia, Alicante, Madrid, Barcelona o Málaga, donde el emprendimiento extranjero tiene ya una presencia especialmente visible. Cataluña, Comunitat Valenciana, Comunidad de Madrid y Andalucía concentran cerca de siete de cada diez autónomos extranjeros del país.
En nuestras calles ya podemos observar esta transformación.
Pero el gran salto no se producirá cuando haya más restaurantes, tiendas o pequeñas empresas latinas.
Se producirá cuando algunas de esas compañías empiecen a competir de igual a igual en el mercado español.
Cuando vendan también fuera de nuestra comunidad. Cuando accedan a financiación. Cuando exporten. Cuando creen marcas reconocidas. Cuando contraten. Cuando inviertan.
Y cuando una nueva generación deje de pensar únicamente en encontrar un buen trabajo y empiece también a plantearse construir una buena empresa.
No se trata de abandonar el empleo por cuenta ajena ni de convertir el emprendimiento en una obligación. Ser empresario no es necesariamente mejor que ser trabajador, se trata de tener más opciones.
Hace veinte años, para muchas familias latinoamericanas llegar a España y conseguir un empleo estable ya representaba un enorme éxito.
Hoy una parte de esa comunidad puede aspirar a algo diferente, no solamente participar en la economía española como trabajadores o consumidores, también como propietarios, empresarios e inversores.
Las cifras todavía cuentan una historia en construcción, pero la dirección empieza a estar clara.
La comunidad latina que llegó buscando oportunidades comienza también a crearlas. El siguiente desafío será conseguir que esos negocios crezcan.
Y esta es mi mirada.
Diego Simbaña CEO y Director Editorial de Grupo Familia Latinos


