1. Para quienes aún no la conocen, ¿quién es usted y cómo se describiría a nivel personal y profesional?
Mi nombre es Catalina Rodríguez-Ballén, tengo 39 años y suelo decir que soy colombiana de nacimiento y española de adopción. Soy maestra en Artes Visuales, magíster en Gestión Cultural y actualmente doctoranda en Organización de Empresas en la Universitat Politècnica de València.
Durante los últimos doce años me he desempeñado como consultora empresarial, docente y asesora de emprendimientos. Aunque inicialmente me especialicé en economía creativa, con el tiempo he acompañado a empresas de muchos otros sectores y en distintas etapas de desarrollo.
En lo personal, me considero una persona curiosa, perseverante y muy orientada a tender puentes. Me interesa ayudar a que las ideas se conviertan en proyectos sostenibles y que las personas encuentren herramientas para vivir dignamente de su talento, su conocimiento y su trabajo.
2. ¿Cuál es su historia migrante? ¿Cómo y por qué llegó a España?
Mi historia migrante ha estado vinculada principalmente a la formación y al desarrollo profesional.
Mi primera estancia en Valencia fue en 2006, cuando todavía cursaba mi pregrado en Colombia. Llegué gracias a PROMOE, un programa de movilidad que funcionaba como una especie de Erasmus entre la Universitat Politècnica de València y mi universidad en Bogotá. Esa experiencia sembró una relación muy especial con esta ciudad.
Más adelante migré a Italia, donde realicé mi máster en Gestión Cultural y trabajé en proyectos de diplomacia cultural que articulaban iniciativas entre Italia y otros países.
Después viví en Alemania, donde acompañé a mi esposo durante su misión como embajador de Colombia ante la República Federal de Alemania. Al terminar esa etapa, decidimos permanecer en Europa. La decisión coincidió con mi ingreso al doctorado, regresando a la Politècnica, y así comenzó, hace cuatro años, este nuevo capítulo en España.
Regresar a Valencia significó aterrizar toda mi experiencia profesional en una región que me había abierto las puertas casi veinte años atrás y que hoy vuelve a ofrecerme un espacio para crecer, aportar y construir comunidad.
3. ¿Cómo ha sido su trayectoria profesional desde que comenzó a trabajar con emprendedores hasta la actualidad?
Mi trayectoria comenzó a partir de una inquietud muy personal. Tras estudiar Artes Visuales, comprendí que la formación académica de los creativos suele ser muy sólida en lo artístico, pero deja vacíos importantes en materia de profesionalización.
A muchos artistas se les enseña a crear, pero no necesariamente a calcular costos, cobrar una factura, llevar unas cuentas claras, pagar una nómina, negociar con un cliente o construir una empresa sostenible.
Esa desconexión me llevó a formarme en emprendimiento y gestión empresarial. Primero trabajé con creadores desde una consultora que fundé en Colombia y, posteriormente, trasladé esa experiencia a la docencia universitaria.
Más adelante llegué a la Cámara de Comercio de Bogotá, donde tuve la oportunidad de acompañar a cerca de mil empresas. Trabajamos en fortalecimiento empresarial, acceso a nuevos mercados, internacionalización, búsqueda de capital y adaptación a escenarios de crisis, especialmente durante la pandemia.
Al llegar a España continué esa labor mediante programas como INCIBE Emprende y CONFÍA, de la ONG Treball Solidari. Actualmente dirijo MUS·Incuba, la incubadora empresarial de ASVEM, la Asociación Valenciana de Empresas de Música. Desde allí acompañamos la consolidación de empresas y proyectos vinculados al ecosistema musical y estamos articulando el naciente Clúster Musical de la Comunitat Valenciana.
4. Antes de llegar a España ya trabajaba impulsando empresas y emprendimientos en Colombia. ¿Qué hacía allí y qué aprendió de esa experiencia?
En Colombia trabajé inicialmente con artistas, gestores culturales y emprendedores creativos que necesitaban convertir su talento en una actividad económica sostenible. Posteriormente, desde la Cámara de Comercio de Bogotá, amplié ese trabajo a empresas de distintos sectores.
Acompañé a cerca de mil empresas en procesos de fortalecimiento, estructuración de modelos de negocio, definición de estrategias de responsabilidad social empresarial, procesos de internacionalización, acceso a ferias y plataformas comerciales, acceso a inversión y respuesta a situaciones críticas.
Una de las experiencias más exigentes fue apoyar a empresarios durante la pandemia. Muchas compañías tuvieron que transformar en semanas lo que normalmente habrían cambiado en años. Algunas debieron digitalizarse, modificar sus canales de venta, reducir costos, renegociar con proveedores o replantear por completo su propuesta de valor.
De esa etapa aprendí que un emprendimiento no se sostiene únicamente por tener una buena idea. Necesita capacidad de adaptación, disciplina financiera, conocimiento del cliente y una red de apoyo. También aprendí que el acompañamiento empresarial debe partir de la realidad concreta de cada persona. No existen fórmulas universales: cada negocio tiene sus propios tiempos, recursos, riesgos y posibilidades.
5. Al llegar a España, ¿cómo continuó desarrollando ese trabajo y cómo ha evolucionado su carrera durante estos cuatro años?
Llegué a España con una experiencia amplia, pero también con la conciencia de que debía comprender un nuevo contexto institucional, empresarial y cultural.
Comencé colaborando con iniciativas de formación y acompañamiento como INCIBE Emprende y el programa CONFÍA, de Treball Solidari. Allí trabajé con personas emprendedoras de sectores muy diversos, ayudándolas a estructurar sus ideas, evaluar su viabilidad, ordenar sus finanzas y construir estrategias de comercialización.
Estos cuatro años también me han permitido unir la práctica profesional con la investigación académica. Mi doctorado está relacionado con la gestión empresarial y con la construcción de herramientas que permitan entender mejor el desempeño de las empresas creativas y los ecosistemas en los que operan.
Actualmente, como directora de MUS·Incuba, he regresado de manera muy directa a mi campo inicial: las industrias culturales y creativas. Sin embargo, lo hago con una visión empresarial mucho más amplia y con la experiencia acumulada de haber acompañado centenares de proyectos en diferentes contextos.
6. Formó parte del programa CONFÍA. ¿En qué consiste este proyecto y cuál es su labor dentro de él?
Hasta hace muy poco estuve a cargo del programa CONFÍA en Valencia, una iniciativa de la ONG Treball Solidari dirigida a mujeres en situación o riesgo de exclusión financiera que desean poner en marcha una idea de negocio.
El programa ofrece un acompañamiento integral. No se limita a enseñar cómo hacer un plan de empresa, sino que combina el fortalecimiento de habilidades personales y empresariales, la formación, las tutorías individualizadas y, cuando resulta necesario, el acceso a microcréditos para financiar la puesta en marcha de la iniciativa.
Mi labor consistía en acompañar a cada participante desde la idea inicial hasta la estructuración del negocio: analizar su propuesta de valor, entender el mercado, definir precios, calcular costos, identificar clientes y evaluar la viabilidad financiera.
El programa iba más allá de la capacitación en emprendimiento, pues, al estar dirigido exclusivamente a mujeres, se entendía como una herramienta de inclusión y autonomía. Para muchas, crear un negocio no representa únicamente generar ingresos, sino recuperar confianza, independencia y capacidad de decisión.
7. Como nos indica, ahora está en una nueva etapa laboral en ASVEM como directora de la incubadora. Cuéntenos, ¿en qué consiste este nuevo rol?
Actualmente dirijo MUS·Incuba, la incubadora de ASVEM, la Asociación Valenciana de Empresas de la Música. Desde allí acompañamos a empresas y profesionales de toda la cadena de valor musical —productores, sellos, editoriales, promotores, lutieres, técnicos y empresas de management, entre otros— para fortalecer sus modelos de negocio y avanzar hacia una mayor sostenibilidad.
Mi función consiste en diseñar y coordinar el proceso de incubación, identificar las necesidades de cada proyecto y conectarlo con formación, asesoría especializada y redes que le permitan crecer, profesionalizarse y generar nuevas oportunidades.
Además, tenemos por delante un reto muy importante: contribuir a consolidar el Clúster de la Industria Musical de la Comunitat Valenciana. Esto implica articular empresas, profesionales, instituciones, universidades y administraciones para que el sector deje de funcionar como una suma de iniciativas aisladas y se reconozca como un verdadero ecosistema productivo.
El objetivo es demostrar que la música no solo tiene un enorme valor cultural y social, sino también capacidad para generar empleo, innovación y desarrollo económico.
8. Desde su experiencia, ¿cuáles son hoy los principales retos que enfrentan los emprendedores, especialmente quienes llegan de Latinoamérica?
El primer reto suele ser el choque cultural. En muchos países latinoamericanos el emprendimiento surge como una respuesta inmediata a la falta de empleo o de oportunidades. Las personas están acostumbradas a buscar soluciones rápidas, improvisar con pocos recursos y convertir cualquier dificultad en una posibilidad de negocio.
En España existe un sistema laboral con mayores garantías para los trabajadores, por lo que emprender puede percibirse como una opción más arriesgada y menos habitual. Esa diferencia cultural influye en la manera de vender, negociar, relacionarse con las instituciones y entender al consumidor.
El segundo gran reto es la complejidad administrativa y tributaria. Hacienda suele ser uno de los principales temores de los emprendedores que acompaño. El sistema exige planificación, conocimiento y asesoramiento. No basta con vender: hay que entender las obligaciones fiscales, las cuotas de autónomos, la facturación, los gastos deducibles y los calendarios administrativos.
El tercer desafío es la conciliación. Muchas personas migrantes pierden la red de apoyo familiar que tenían en sus países. Quienes llegan con hijos deben repartir su tiempo entre la familia, el trabajo y un negocio que, durante sus primeros años, puede generar ingresos limitados. Quienes llegan solos también enfrentan dificultades, porque deben construir desde cero una red profesional, emocional y social.
Por último, existe el reto de adaptar la idea al mercado español. Un modelo que funciona en Bogotá, Medellín, Lima, Caracas o Buenos Aires no necesariamente puede reproducirse de manera automática en Valencia o Madrid. El consumidor, los precios, la regulación y los canales de distribución son diferentes.
9. Usted ha trabajado creando puentes entre Latinoamérica y España. ¿Qué oportunidades cree que existen hoy para que los emprendedores latinoamericanos crezcan en Europa?
España es, sin duda, una puerta de entrada privilegiada a Europa para los emprendedores latinoamericanos. Compartir el idioma reduce muchas barreras iniciales y permite comprender con mayor rapidez el entorno empresarial, establecer relaciones y comunicar una propuesta de valor.
Además, una vez superados los requisitos regulatorios, fiscales y logísticos, operar desde España facilita el acceso al mercado comunitario. La circulación de bienes y servicios entre los países de la Unión Europea puede convertirse en un proceso relativamente fluido.
También existen oportunidades importantes en sectores en los que América Latina tiene una identidad y una propuesta diferenciada: gastronomía, moda, diseño, música, industrias culturales, turismo, tecnología, servicios profesionales y productos sostenibles.
Sin embargo, esa oportunidad no debe confundirse con la idea de que existe un único mercado europeo. Europa está compuesta por países y regiones con hábitos de consumo, regulaciones y sensibilidades culturales diferentes.
El ejercicio consiste en investigar antes de llegar, buscar acompañamiento en cámaras de comercio, asociaciones, incubadoras y entidades públicas, y adaptar la propuesta sin perder aquello que la hace auténtica. El origen latinoamericano puede ser una ventaja competitiva, siempre que se convierta en una propuesta clara de valor y no únicamente en una etiqueta.
10. Para finalizar, ¿qué consejo les daría a los latinoamericanos que quieren emprender o desarrollar su proyecto en España?
El primer consejo sería no lanzarse sin contar con un capital de trabajo suficiente. En emprendimiento se habla del "valle de la muerte", que es el periodo durante el cual un negocio todavía no alcanza su punto de equilibrio y consume más recursos de los que genera. Dependiendo del sector, ese proceso puede durar entre uno y tres años.
Es importante calcular cuánto dinero se necesita para sostener tanto el negocio como la vida personal durante ese tiempo. Emprender con una presión financiera extrema conduce con frecuencia a tomar malas decisiones.
El segundo consejo es investigar rigurosamente el mercado. Hay que conocer a los competidores, definir con precisión al cliente, entender los precios, identificar proveedores locales y estudiar los requisitos tributarios, sanitarios, comerciales o de importación que correspondan.
Muchas personas llegan con la intención de replicar exactamente lo que hacían en sus países y se encuentran rápidamente con una realidad diferente. La idea puede ser buena, pero debe adaptarse al contexto español.
El tercer consejo es buscar acompañamiento. Existen asociaciones, incubadoras, cámaras de comercio, programas públicos y organizaciones sociales que pueden ahorrar muchos errores y ayudar a construir redes.
Y, finalmente, hay que recordar que recalcular la ruta no significa renunciar al sueño. Hay que probar, escuchar, medir, ajustar y volver a intentarlo. Emprender puede ser un camino para los más arriesgados, pero mantenerse es, sobre todo, una tarea para los más persistentes.