Cada septiembre se repiten imágenes parecidas.

Colegios que vuelven a abrir sus puertas. Familias comprando libros y material escolar. Niños que regresan a clase y otros que entran por primera vez en un sistema educativo completamente nuevo para ellos.

Entre estos últimos hay cada vez más niños procedentes de familias migrantes.

Algunos llegaron hace apenas unos meses.

Otros nacieron ya en España, aunque sus padres llegaron desde Colombia, Ecuador, Venezuela, Perú, República Dominicana, Bolivia, Honduras, Argentina, Marruecos, Rumanía o muchos otros países.

Y alrededor de esta realidad empieza a aparecer una pregunta legítima:

¿Qué impacto tiene la inmigración en los colegios españoles y cuánto supone económicamente?

Creo que debemos responderla.

Pero debemos hacer una pregunta más.

¿Qué impacto tendría para España no contar con esos niños dentro de veinte años?

Porque ambas preguntas forman parte de la misma realidad.

Las aulas españolas también están cambiando

Los datos más recientes del Ministerio de Educación permiten observar con claridad la transformación.

Durante el curso 2025-2026 hubo 8.249.174 estudiantes matriculados en enseñanzas no universitarias en España.

La cifra total cayó un 0,8 % respecto al curso anterior, y el propio Ministerio atribuye este descenso principalmente a la reducción de la población en edad escolar.

Sin embargo, mientras disminuye el número total de estudiantes, ocurre exactamente lo contrario con el alumnado extranjero.

España alcanzó los 1.175.063 alumnos de nacionalidad extranjera, un 2,3 % más, y ya representan aproximadamente el 13,5 % de todo el alumnado.

El contraste merece detenerse.

España está perdiendo alumnos como consecuencia del descenso demográfico mientras aumenta el número de estudiantes extranjeros.

Esta realidad no es una opinión.

Está ocurriendo ya en nuestras aulas.

Y Latinoamérica tiene un peso especialmente importante

Para quienes trabajamos diariamente con la comunidad latina, hay otro dato que merece atención.

En el curso 2024-2025, aproximadamente el 38,4 % del alumnado extranjero procedía de América Central y del Sur.

Colombia contaba con 112.467 estudiantes, Venezuela con 75.383 y Perú con 56.835.

Y además eran comunidades que estaban creciendo con mucha fuerza dentro de las aulas: el alumnado colombiano aumentó un 16,3 %, el venezolano un 15,3 % y el peruano un 19,5 % en aquel curso.

Estamos hablando de decenas de miles de niños latinoamericanos que no solamente están llegando a España.

Están creciendo en España.

Y eso cambia completamente la conversación sobre inmigración.

España tiene cada vez menos niños

Para entender por qué esta cuestión es mucho más importante de lo que parece, debemos mirar la natalidad.

En 2015 nacieron en España 420.290 niños.

En 2025 fueron aproximadamente 321.164.

Es decir, en solo una década España ha pasado a tener alrededor de 99.000 nacimientos menos al año.

Es cierto que en 2025 hubo un pequeño aumento del 1 % respecto al año anterior, pero la tendencia de la última década sigue mostrando una caída demográfica extraordinariamente importante.

Esto ya se nota en los colegios.

En el curso 2025-2026, por ejemplo, el alumnado de Segundo Ciclo de Infantil cayó un 2,4 %.

Y dentro de unos años esos mismos efectos irán trasladándose a Primaria, Secundaria, universidades y finalmente al mercado laboral.

Por eso creo que cuando analizamos la llegada de familias inmigrantes con niños debemos hacerlo desde una perspectiva mucho más amplia.

Sí, escolarizar tiene un coste

No debemos esconderlo.

La educación pública necesita dinero.

Profesores.

Centros.

Comedores.

Transporte.

Becas.

Orientadores.

Material.

Infraestructuras.

Y en algunos colegios con una llegada importante de alumnado extranjero pueden ser necesarios también profesores adicionales, apoyo lingüístico o programas específicos de integración.

El gasto público medio en enseñanza no universitaria financiada con fondos públicos fue en 2023 de aproximadamente 6.851 euros por alumno.

En los centros exclusivamente públicos alcanzó los 7.943 euros por estudiante.

Por tanto, existe una inversión económica evidente.

Pero aquí debemos ser especialmente rigurosos.

Sería incorrecto multiplicar simplemente 7.000 u 8.000 euros por cada niño extranjero y concluir que esa cantidad representa “lo que cuesta la inmigración”.

No funciona así.

Un colegio tiene una parte muy importante de costes estructurales.

El edificio ya existe.

Muchos profesores ya están contratados.

La calefacción funciona independientemente de que una clase tenga 20 o 21 alumnos.

El coste adicional real aparece cuando el crecimiento de población obliga a ampliar aulas, contratar nuevos docentes o incorporar servicios.

Por eso prefiero hablar de inversión educativa.

Porque además tiene algo que la palabra coste muchas veces olvida:

un retorno.

Un niño no permanece niño para siempre

Cuando hablamos de política migratoria existe una tendencia a fotografiar el presente.

Vemos al niño de ocho años que entra hoy en un colegio.

Pero dentro de diez años tendrá dieciocho.

Y dentro de veinte tendrá veintiocho.

Ese niño puede convertirse en enfermero.

Ingeniera.

Profesor.

Electricista.

Médica.

Programador.

Autónoma.

Empresario.

Conductor.

Investigadora.

Comerciante.

O trabajador de cualquiera de las miles de actividades económicas que España necesitará.

Entonces ya no aparecerá en las estadísticas como un alumno que consume recursos educativos.

Aparecerá como una persona que trabaja, produce, consume, paga impuestos y cotiza a la Seguridad Social.

Esa es la parte de la ecuación que muchas veces olvidamos.

La inmigración ya contribuye al crecimiento económico

No tenemos que especular completamente sobre ello.

El Banco de España ha analizado la contribución económica reciente de la población extranjera.

Según sus estimaciones, entre 2022 y 2024 la aportación media directa de la población extranjera al crecimiento del PIB per cápita español estuvo entre 0,4 y 0,7 puntos porcentuales al año.

El Banco de España señala además la mejora del nivel educativo y de la distribución ocupacional de los inmigrantes llegados en los últimos años como uno de los factores detrás de esta contribución.

Aquí encontramos precisamente la conexión.

Educación y productividad.

Cuanto mejor formemos a los niños que hoy llegan a España, mayores posibilidades tendrán de convertirse mañana en trabajadores de mayor cualificación, empresarios y profesionales.

Por eso considero un error analizar la educación de los hijos de inmigrantes únicamente desde una hoja de gastos.

La verdadera pregunta es qué tipo de trabajadores queremos dentro de veinte años

España necesitará población activa.

Pero no basta con tener más trabajadores.

Necesitamos trabajadores mejor preparados.

Ahí es donde la escuela se convierte probablemente en una de las políticas económicas más importantes del país.

Podemos permitir que un niño que llega hoy a España quede rezagado, abandone los estudios antes de tiempo y permanezca posteriormente atrapado en empleos precarios.

O podemos darle las herramientas para convertirse en un profesional altamente productivo.

Las consecuencias económicas de esas dos posibilidades son enormes.

Y existen datos que deberían hacernos reflexionar.

El gran desafío está en la integración educativa

PISA utiliza un concepto más amplio que las estadísticas españolas de nacionalidad.

Considera estudiantes de origen inmigrante tanto a determinados jóvenes nacidos en otro país como a jóvenes nacidos en España cuyos padres nacieron fuera.

En 2022, el 15 % de los estudiantes españoles de 15 años tenía origen inmigrante, frente al 10 % diez años antes.

Pero aparece un problema.

En matemáticas, los estudiantes sin origen inmigrante obtenían inicialmente alrededor de 33 puntos más que los alumnos de origen inmigrante.

Sin embargo, cuando la OCDE ajustó los resultados teniendo en cuenta las diferencias socioeconómicas, la distancia cayó hasta solamente 7 puntos.

Ese dato es tremendamente importante.

Nos indica que una gran parte de la diferencia educativa no puede explicarse simplemente diciendo:

“son inmigrantes”.

Tiene mucho que ver con:

la situación económica de las familias,

el entorno,

los recursos disponibles,

la educación de los padres,

la vivienda,

la integración

y las oportunidades.

Eso significa que existen políticas capaces de cambiar el resultado.

No debemos concentrar el problema en determinados colegios

También debemos evitar otro error.

Integración no significa simplemente matricular a un niño.

Hay que conseguir que forme parte realmente del sistema.

Cuando la población vulnerable se concentra excesivamente en determinados colegios o barrios, aparecen problemas que después son mucho más difíciles y caros de resolver.

Creo que necesitamos una política educativa que combine integración, exigencia y oportunidades.

Apoyo al alumno que lo necesita.

Pero también responsabilidad familiar.

Aprender el idioma cuando sea necesario.

Participar en el colegio.

Respetar las normas.

Acompañar los estudios de los hijos.

Aspirar a la Formación Profesional.

A la universidad.

A profesiones cualificadas.

Integrarse debe ser un esfuerzo compartido.

Las familias inmigrantes también generan economía alrededor de la educación

Hay además otro elemento que normalmente no incorporamos al análisis.

Un niño no llega solo.

Detrás suele existir una familia.

Y esa familia necesita vivienda.

Alimentación.

Ropa.

Transporte.

Telefonía.

Material escolar.

Ordenadores.

Actividades deportivas.

Academias.

Ocio.

Servicios financieros.

Seguros.

Y muchos otros productos.

Esa demanda genera actividad empresarial, empleo e impuestos.

En determinadas ciudades pequeñas o zonas con pérdida de población, la llegada de nuevas familias puede incluso contribuir a mantener colegios, comercios y determinados servicios.

Por eso el impacto económico de la inmigración nunca puede estudiarse observando únicamente una columna de gasto público.

Hay que analizar también la actividad económica generada.

Para los latinos este debate tiene otra dimensión

Nuestra comunidad debe comprender también la oportunidad que existe detrás de esta nueva generación.

No podemos conformarnos con que nuestros hijos simplemente terminen la educación obligatoria.

Tenemos que elevar nuestras expectativas.

Más Formación Profesional.

Más universidad.

Más idiomas.

Más tecnología.

Más programación.

Más ingeniería.

Más ciencias.

Más educación financiera.

Más emprendimiento.

Los hijos de la inmigración tienen algo extraordinariamente valioso.

Pueden crecer comprendiendo dos mundos.

España y Latinoamérica.

En muchos casos tendrán ciudadanía europea, dominio del español, raíces internacionales y conexiones familiares y culturales al otro lado del Atlántico.

Bien utilizada, esa combinación puede convertirse en una enorme ventaja profesional y empresarial.

No quiero que nuestros hijos hereden nuestros límites

Muchos inmigrantes de mi generación llegamos a España con una prioridad muy sencilla:

trabajar.

No siempre pudimos elegir.

Había que pagar el alquiler.

Mandar dinero.

Regularizarse.

Sacar adelante a la familia.

Muchos profesionales tuvieron que comenzar realizando trabajos que poco tenían que ver con su formación.

Nuestra siguiente generación debería tener otras posibilidades.

Nuestros hijos no deberían crecer pensando únicamente:

“¿Dónde puedo conseguir trabajo?”

También deberían preguntarse:

“¿Qué empresa puedo crear?”

“¿Qué quiero estudiar?”

“¿Qué puedo inventar?”

“¿Dónde puedo invertir?”

“¿Qué profesión quiero ejercer?”

Ese sería uno de los mayores indicadores de que la integración realmente ha funcionado.

No son “los niños de los inmigrantes”

Quizá también tengamos que empezar a cambiar nuestro lenguaje.

Muchos de esos niños serán españoles.

Algunos ya lo son.

Han nacido aquí o desarrollarán prácticamente toda su vida aquí.

Irán al mismo colegio que nuestros hijos.

Jugarán en los mismos equipos.

Estudiarán en las mismas universidades.

Trabajarán en las mismas empresas.

Cotizarán al mismo sistema de pensiones.

Y compartirán los mismos problemas que el resto de su generación.

Vivienda.

Empleo.

Salarios.

Tecnología.

Cambio climático.

Pensiones.

Por eso existe un momento en el que hablar permanentemente de “los niños inmigrantes” empieza a dejar de describir correctamente la realidad.

Estamos hablando también de los niños de España.

Una inversión que se decidirá en las aulas

Este debate no debería dividirnos entre quienes están a favor o en contra de la inmigración.

Los niños ya están en nuestras aulas.

La verdadera cuestión es qué vamos a hacer.

Podemos discutir durante años cuánto cuesta escolarizarlos.

O podemos preguntarnos cuánto le costaría a España que una parte de esa generación no consiga desarrollar todo su potencial.

Porque una mala integración tiene costes.

Abandono escolar.

Desempleo.

Precariedad.

Exclusión.

Dependencia de ayudas.

Conflicto social.

Pero una buena integración también tiene retornos.

Profesionales.

Empresarios.

Trabajadores cualificados.

Cotizantes.

Consumidores.

Innovación.

Empresas.

Y crecimiento económico.

El futuro de España también se está sentando hoy en un pupitre

España tiene un problema demográfico que no puede ignorar.

En solo diez años ha pasado de más de 420.000 nacimientos anuales a poco más de 321.000.

Mientras tanto, más de 1,17 millones de alumnos extranjeros forman ya parte del sistema educativo.

No considero que la inmigración sea la solución automática a todos los problemas demográficos de España.

Sería simplificar demasiado.

Pero tampoco creo razonable analizar a esos niños únicamente desde el coste inmediato que generan.

La educación siempre cuesta dinero.

También la educación de mis hijos.

La de los tuyos.

La de cualquier niño.

La pregunta nunca debería ser simplemente cuánto cuesta educarlos.

La pregunta correcta es:

¿qué sociedad estamos construyendo gracias a esa educación?

El niño migrante que hoy entra por primera vez en un colegio español puede necesitar apoyo.

Puede requerir recursos.

Puede representar un desafío para su profesor y para el sistema.

Pero dentro de veinte años ese mismo niño puede estar atendiendo a nuestros mayores, diseñando una empresa, pagando una hipoteca, creando empleo o financiando con sus cotizaciones las pensiones de una población mucho más envejecida.

Por eso creo que debemos cambiar nuestra perspectiva.

La educación de los niños migrantes no debe entenderse solamente como el coste de integrar a quienes llegan.

Debe entenderse también como una inversión en quienes van a quedarse.

Porque una parte importante del futuro económico, demográfico y social de España ya está aquí.

Esta mañana se ha sentado en un pupitre.

Y esta es mi mirada.