Me cuesta encontrar las palabras cuando veo las imágenes del accidente ferroviario de Toledo. Vagones destrozados, equipos de emergencia intentando rescatar a los pasajeros y familias que esperan una llamada para saber si sus seres queridos siguen con vida.

Uno piensa en lo fácil que es salir de casa cualquier mañana, despedirse de la familia y coger un tren sin imaginar que ese puede ser el último viaje.

Lo ocurrido el miércoles 28 de octubre en Urda, Toledo, ha dejado al menos 69 personas fallecidas y numerosos heridos, según el balance comunicado este jueves. Una tragedia que llega cuando todavía tenemos muy presente el accidente de Adamuz, en Córdoba, donde el pasado mes de enero murieron 46 personas.

Dos tragedias en apenas nueve meses. Y aunque cada una tiene circunstancias diferentes, es inevitable preguntarse qué está pasando.

Llevo más de veinte años viviendo en España. He visto cómo ha avanzado este país, cómo han mejorado sus infraestructuras y cómo el tren de alta velocidad se ha convertido en uno de sus grandes orgullos. Por eso mismo me resulta tan difícil comprender que volvamos a encontrarnos ante una tragedia de esta magnitud.

Por lo que se conoce hasta ahora, el accidente de Toledo ocurrió después de una avería en el sistema de protección ferroviaria y de que se autorizara a uno de los trenes a seguir circulando, mientras otro permanecía detenido en la misma vía. La investigación tendrá que aclarar exactamente qué ocurrió, qué decisiones se tomaron y en qué condiciones funcionaban los sistemas de seguridad.

No me parece justo culpar a nadie antes de conocer todos los hechos. Pero tampoco me parecería aceptable que, si se confirmara un error humano, esa explicación bastara por sí sola para dar por resuelto un accidente de estas dimensiones.

Estamos hablando de un transporte en el que confiamos porque entendemos que existen controles, protocolos y sistemas preparados para evitar precisamente este tipo de situaciones. Si uno de esos mecanismos falla, ¿qué otros deberían impedir que un error termine costando tantas vidas?

Eso es lo que necesitamos que nos expliquen.

También me ha impresionado la respuesta de tantas personas que se han movilizado para ayudar. Los sanitarios, los bomberos, la Guardia Civil, los equipos de rescate y los ciudadanos que acudieron a donar sangre. Solo durante la jornada del miércoles se recogieron unas 2.000 donaciones en Castilla-La Mancha.

En momentos así aparece una parte de España que merece todo mi reconocimiento. Personas que dejan lo que están haciendo para ayudar a desconocidos, sin importar de dónde vienen ni quiénes son.

Y aquí quiero detenerme en algo. Quienes llegamos de otros países y hemos hecho nuestra vida en España no vivimos estas tragedias como algo ajeno. Esta también es nuestra casa. Utilizamos sus trenes, sus carreteras, sus hospitales. Nuestros hijos crecen aquí y nuestras familias forman parte de esta sociedad.

Cuando ocurre algo así, el dolor nos alcanza a todos.

Pero hay otra cuestión que me preocupa.

Dentro de unas semanas tendremos elecciones generales y me preocupa que el accidente termine entrando de lleno en el enfrentamiento político. Entiendo que se pidan explicaciones al Gobierno. Es su obligación darlas. También entiendo que la oposición exija responsabilidades. Para eso existen los mecanismos de control democrático.

Lo que no quisiera ver es que la tragedia termine reducida a una pelea entre partidos, donde cada uno busque sacar ventaja mientras las familias siguen enterrando a sus muertos.

Y tampoco comparto la idea de que pedir responsabilidades sea aprovecharse políticamente de una desgracia. Los ciudadanos tenemos derecho a exigir que quienes gestionan los servicios públicos respondan por su funcionamiento. El respeto a las víctimas y la exigencia de responsabilidades pueden ir perfectamente de la mano.

Los homenajes, los minutos de silencio y las muestras de solidaridad son importantes. Las familias necesitan ese acompañamiento y merecen sentir el apoyo de toda la sociedad. No pretendo restarles valor, todo lo contrario. Lo que me preocupa es lo que sucederá después, cuando las imágenes del accidente dejen de ocupar los informativos, los políticos regresen a sus agendas y la actualidad pase a centrarse en otros asuntos.

A veces tengo la sensación de que, después de cada gran tragedia, repetimos las mismas palabras: solidaridad, investigación, responsabilidades, compromiso. Son palabras necesarias, pero pierden valor si no van acompañadas de resultados. Porque tan importante como estar presentes en los momentos de dolor es demostrar, cuando pasan los días, que realmente existe la voluntad de corregir aquello que ha fallado.

Me gustaría que dentro de unos meses pudiéramos conocer con claridad qué falló, qué decisiones se tomaron y qué medidas se pusieron en marcha para que una situación semejante no vuelva a repetirse.

Y que esas explicaciones no se queden en documentos técnicos que nadie entiende o en declaraciones que se olvidan al día siguiente.

Pienso especialmente en las familias que se despidieron de alguien sin saber que no volverían a verlo. En quienes siguen esperando noticias y en quienes tendrán que aprender a vivir con una ausencia que jamás imaginaron.

A esas familias les debemos mucho más que condolencias.

No tengo los conocimientos técnicos para determinar qué provocó el accidente, ni pretendo hacerlo desde esta columna. Para eso están los investigadores y los especialistas.

Pero como ciudadano sí puedo pedir algo muy sencillo: que se investigue todo, que se explique la verdad y que se haga lo necesario para que viajar en tren siga siendo algo tan cotidiano y seguro como todos esperamos.

Porque lo verdaderamente preocupante sería que llegáramos a considerar estas tragedias como algo inevitable.

Y yo, sinceramente, no quiero acostumbrarme a eso.