El 24 de octubre, en el centro de Barcelona, 23 comercios sufrieron saqueos o destrozos. En el primer balance que recogió EFE, 72 de los 128 detenidos eran menores. Una semana después, también en Barcelona, la nueva convocatoria de Blocus terminó sin disturbios. Los Mossos identificaron a 1.440 personas y detuvieron a tres. Conviene recordar las dos fechas porque las imágenes de los escaparates rotos pertenecen a la primera noche. Y porque sería injusto contar a cada persona a la que se pidió el DNI en la segunda como alguien que salió de casa dispuesto a robar.
¿Eran jóvenes de familias que habían venido de fuera? De algunos detenidos se conoce la nacionalidad. Uno de los investigados por organizar un grupo en Barcelona, por ejemplo, tenía 18 años y era español. Saber eso aclara tan poco sobre sus motivos como saber dónde nacieron sus padres. De quienes recibieron el mensaje y decidieron quedarse en casa sabemos todavía menos. Ningún recuento policial recoge esa decisión, aunque quizá sea la que más nos interese entender.
La convocatoria circuló por TikTok y se organizó en grupos de mensajería. Entre ver un vídeo en el móvil y acercarse a la plaza hay un momento que a los adultos se nos escapa fácilmente. Basta imaginar la conversación entre amigos. Uno propone ir a ver qué pasa, otro dice que ya están todos allí. ¿Cuánto le cuesta al siguiente decir que se vuelve a casa? La presión del grupo es una explicación que merece explorarse. Para saber qué peso tuvo de verdad habría que escuchar también a los chicos que se dieron la vuelta.
Hay una diferencia importante entre quien señala un comercio como objetivo, quien entra a llevarse algo y quien está en la acera cuando llega la policía. Investigar la conducta de cada cual es una obligación hacia los jóvenes y también hacia la persona que a la mañana siguiente tiene que levantar una persiana dañada y abrir su negocio. Para ella, que los hechos empezaran como una convocatoria en redes cambia poco la factura.
En casa suele ser más fácil preguntar a qué hora vuelve un hijo que preguntarle qué está circulando por su grupo. Y para un adolescente resulta difícil enseñar un mensaje preocupante si sabe que la primera consecuencia será quedarse sin teléfono. Ahí sí tenemos los adultos algo concreto que revisar. También quienes informamos podemos empezar por fechar un vídeo antes de compartirlo y por explicar qué se sabe de la persona que aparece en él. Una cara en una grabación dice muy poco sobre lo que ocurrió antes de que alguien pulsara el botón.
La próxima convocatoria puede llegar a un móvil mientras una familia cena. Me parece más importante que ese chico se atreva a enseñarla, incluso a reconocer que tenía ganas de ir, que ganar después una discusión sobre el país del que viene su familia. En esa conversación todavía hay tiempo de hacer algo.



