Entrevista
Jorge Rivera (JR): Queremos que nos hable un poco acerca de su experiencia en el Vaticano, especialmente de su relación con el papa León XIV y su antecesor Francisco.
Humberto González (Monseñor): Soy de la Arquidiócesis de Manizales, Colombia. Pertenezco a este clero y, obedeciendo a mis superiores, un día me mandaron a Roma a estudiar para formarme y luego regresar como formador de seminario, pero estando en Roma, ya terminando mis estudios, recibí otra llamada y otra invitación (porque Dios suele cambiar los planes de las personas).
Así que me pidieron un nuevo servicio y era servir desde la Pontificia Comisión para América Latina al continente de la esperanza, como lo llamaba el papa Francisco y el papa Juan Pablo II. Servir América Latina y a toda la Iglesia universal, unidos al Santo Padre, desde esta Pontificia Comisión para América Latina, que es un organismo eclesial que trata de organizar la tarea y la labor pastoral con todo el continente, acompañando las tareas del CELAM, que es el Consejo Episcopal Latinoamericano; de la CLAR, que es el Consejo Latinoamericano de Religiosos; de CLAMOR, que es el Consejo Episcopal de América Latina para el Amazonas.
En fin, con todos estos organismos, las conferencias episcopales, con los embajadores de los distintos países, es tratar de mantener lazos de comunión y de contacto para generar cercanía entre el Vaticano y América Latina.
JR: Una región que ha sido protagonista últimamente en la Iglesia católica con la elección del papa Francisco, ahora con León XIV y usted, una voz para la región, ¿cómo lleva esta responsabilidad?
Monseñor: Hay otro personaje, el papa Benedicto XVI, porque cuando en 2011 fue a México, sobrevolando Guanajuato, decía: «Estoy seguro de que el futuro de la Iglesia se juega en América Latina».
Fueron unas palabras proféticas, porque luego fue elegido Francisco y posteriormente elegido León, quien nació en Chicago, pero que sus ojos miraron hacia el sur. Fue un gran migrante que se dirigió hacia el sur para estar con la gente sencilla, acogedora, para brindarles su corazón universal. El cariño que ofrece Jesucristo por toda la humanidad, desde el momento en que él mismo decidió encarnarse para hacerse semejante a nosotros en todo, menos en el pecado, como diría San Pablo.
JR: ¿Cómo ha sido su relación con el papa León?
Monseñor: El papa León XIV llegó en el 2023 como prefecto de la Congregación para los Obispos.
Y ese prefecto, al mismo tiempo, era el presidente de la Pontificia Comisión para América Latina, es decir, llegó a ser mi jefe. Y entonces, con mucha cercanía, contactos muy cálidos, con mucha frecuencia. Un hombre sereno, tranquilo.
Un hombre con una capacidad de escucha, al que nunca veremos enojado porque se mantiene tranquilo, porque no nos deja perder la paz, no se deja robar con nada del mundo entero. Sabe escuchar muy bien y atender con cariño.
Y eso, pues, me alegró el momento en que lo eligieron el 8 de mayo del 2025. Yo estaba presente en la plaza de San Pedro. Eligieron a mi jefe. Fue una gracia enorme saber que había trabajado con el Santo Padre, el cardenal Prevost.
Pues es una gracia y una bendición enorme. Es un compromiso, porque pudiéramos decir que tanto Francisco como León son dos trigos maduros de América Latina. Primero fue España, que llegó a evangelizar hace 500 años a América Latina, y de ese fruto de la evangelización han surgido muchos santos y santas de todo el trabajo misionero que hicieron los evangelizadores.
Y ahora América Latina le devuelve al mundo entero dos frutos maduros: uno llamado Francisco, el otro llamado León XIV. Son los frutos maduros, orgullo de una raza latinoamericana.
JR: No puedo dejar de preguntarle: ¿qué sintió cuando a su jefe y amigo lo eligieron papa?
Monseñor: Todo es gracia. Todo es bendición. Hoy me preguntaba alguien que cómo se hace para llegar a ser papa. El que busque ser papa, el que busque ser obispo o el que busque ser cardenal significa que no sirve para eso.
Porque esto no se trata de hacer carreras. No se trata de hacer caminos y armar pinitos. El que está buscando eso, sencillamente no ha entendido qué cosa es el Reino. El Reino de los Cielos es servicio, es entrega, es donación. Es imitar a Jesucristo en el despojo.
Es entregarse completamente. Y uno que pretende, que busca escalar, no sirve para estas cosas. Ministerios y las cosas tan grandes, el orgullo y la alegría. Pero, al mismo tiempo, el compromiso de haber trabajado con unas personas como estas obliga, en conciencia, delante de Dios, a saber responder con otra actitud distinta. Es la actitud de aquel que tiene que dar mucho más. El Señor suele pedir al que más le ha dado. A veces me da un poco de miedo porque conozco mi humanidad, que es frágil. Conozco mi humanidad, que es limitada.
Conozco mi humanidad, que es pobre, pero que se enriquece con la gracia de Dios. Y si Dios es el que hace la obra, pues entonces Él verá qué hace. Él toma el riesgo con todos los seres humanos todos los días, desde el momento mismo de la creación, cuando nos firmó un cheque en blanco, nos dio la libertad. Arriesgó todo y, sin embargo, sigue arriesgando porque el Señor no se cansa de los seres humanos. ¡Somos nosotros los que nos cansamos de dejarnos amar por Dios!
JR: Monseñor, ¿cómo está viendo el desempeño del Santo Padre? En su opinión, ¿cómo lo está haciendo Prevost de papa?
Monseñor: Muy bien. Es un hombre que no anda calculando, que no anda midiendo, que está actuando con la inspiración del Señor. Al inicio lo vi un poquito tímido. Claro, porque él no estudió para ser papa. Él no se preparó para eso, como nadie se prepara para ser papa.
Él ha aprendido a ser papa. Al inicio, yo lo veía con un poquito de temor de decir ciertas cosas, de acercarse a la gente. Ahora lo veo que ya aprendió a jugar con las cosas, a entrar en la dinámica, a saber que es papa de toda la humanidad, que es papa de toda la Iglesia y que es el responsable de conducir este pueblo de Dios a rebaños y a pastos abundantes.
Entonces, es una alegría enorme. Ha aprendido y tendrá que aprender todavía muchísimas cosas, pero tiene un patrón, que es el que lo guía: es el Espíritu Santo.
Y él es el que le inspira. Es un hombre de oración. Es un hombre de escucha. Es un hombre de comunión, trabaja con otros, así que es un hombre que ha dado mucho y que seguirá dando muchísimo.
Recemos por él. Él no lo pide, como lo decía el papa Francisco: «Recen por mí», pero eso no significa que no tengamos que rezar por él. Hay que rezar mucho para que el Espíritu Santo lo apoye, lo inspire, lo ilumine, lo guíe, lo conduzca, lo fortalezca, le dé el coraje, le dé la determinación que necesita, porque esta tarea, esta responsabilidad, no es tan sencilla.
JR: En las últimas dos décadas, la inmigración ha sido protagonista en Europa. Y en todo este proceso hemos encontrado una voz de aliento en la Iglesia. Desde el papa Juan Pablo, luego Ratzinger, pero vimos que profundizó el mensaje, y de qué manera, el papa Francisco. Y ahora vemos que ese compromiso con la inmigración lo ha continuado León XIV. Lo ha confirmado en su reciente visita a España.
Monseñor: Sí, la primera bandera no es de Juan Pablo II, sino de nuestro Señor Jesucristo. Él fue migrante.
Recordemos el hecho de que el rey Herodes mandó matar a todos los niños menores de dos años. Y le tocó migrar a Egipto con José y María.
Por lo tanto, el migrante es aquel que a veces tiene amenazada su vida, porque las condiciones políticas no le permiten la idoneidad, la capacidad de vivir dignamente, y tiene que ir a otros lugares a buscarse un futuro, porque tiene una mujer, hijos; porque tiene una familia por la que hay que responder. A veces, el país en el que vive no ofrece las garantías, no ofrece las fuentes de trabajo. No ofrece el apoyo para que la persona surja en el propio lugar y por eso tiene que emigrar.
Entonces, el tema de la inmigración es un tema bastante serio, delicado, que juega de parte y parte. Primero hay que meterse en los papeles, los pies en los zapatos del migrante, porque a veces tiene que tomar decisiones bruscas y la vida y la sociedad a veces lo empujan a tener que tomar decisiones. Tiene responsabilidad el país de origen, porque no le da el apoyo ni le brinda las fuentes de trabajo suficientes.
Tiene responsabilidad el país al que decidió emigrar. ¿Por qué? Porque todos nosotros, en la Tierra, somos migrantes.
JR: ¿Hasta dónde llega esa defensa de la Iglesia con la población migrante?
Monseñor: Siempre la dignidad del ser humano está en el primer lugar. Jesucristo se puso siempre de parte de los débiles, de los pobres, de los necesitados, de la gente que hace las cosas, pero que le hace falta lo necesario y lo fundamental. También es cierto que el migrante tiene una serie de responsabilidades.
Y a veces se gana problemas porque de pronto llega generando divisiones, lastimosamente.
Justos pagan por pecadores y a veces terminan condenando a todos los migrantes como si fueran los mismos. Son casos muy contados de personas que de pronto, lastimosamente, van buscando otros intereses. A esas personas también hay que orar por ellas, hay que orar por su conversión. También vienen de luchas más difíciles. Hay quienes saben afrontar los problemas y las dificultades con mayor facilidad. Hay quienes les cuesta muchísimo más. No hay que condenarlos, hay que ayudar y apoyarles en lo que más se pueda.
La Iglesia siempre estará de parte de los que están necesitados, pero no está a favor de que violen las leyes de un país ni de los que vengan a armar desórdenes. No está a favor de los que vengan a irrumpir con la tranquilidad y con el desarrollo de un país que le abrió las puertas.
A mí de niño me enseñaron: «Adonde quiera que fueres, haz lo que vieres». Y si aquí se trabaja, entonces trabaja. Y si aquí se respetan las leyes, pues aquí hay que venir a respetarlas. Eso es lo que tiene que hacer el migrante. También darse a la tarea de dejar bien en alto la patria, la región, la familia de donde provienen.
Yo recuerdo que mi obispo, cuando me mandó a estudiar a Roma, lo primero que me dijo fue: «Deja en alto los colores de la arquidiócesis, los colores de la ciudad y los colores de la patria».
Eso le digo yo a los migrantes: dejen en alto los colores de la gente pujante que trabaja, que da fuerza, que emprende, que se integra, que respeta, que obedece, que cumple, que trabaja.
Que suda, que mantiene su dignidad.
JR: El tema de la inmigración lo toca de cerca porque la nacionalidad colombiana es protagonista de la inmigración aquí en España y en el mundo, especialmente, se ha multiplicado en los últimos años. Por favor, envíele un mensaje a todos los inmigrantes del mundo que llegan a este territorio europeo en busca de nuevas oportunidades.
Monseñor: Hoy lo leía en un letrerito, recorriendo las calles, una frase de San Juan en capítulo 6: «Jesucristo es camino, es verdad y es vida».
Es un camino que hay que recorrerlo.
A veces recorremos caminos torcidos, caminos que conducen al mal, que conducen a la muerte, a la destrucción. Recorramos el camino de Jesús que nos conduce a la vida, la vida que es Él mismo.
La vida en abundancia que nos la ofrece, pero también viviendo en la verdad.
Una verdad que no tiene discusiones, la verdad que es plena en Él. En Él no hay divisiones. Entonces María, la que aquí honran de una manera muy especial en la Virgen de los Desamparados, fue la que mejor supo entender a su hijo.
Entendió su sufrimiento, entendió las divisiones, entendió la persecución, entendió la traición de sus amigos, entendió la soledad en el huerto, entendió todos los sufrimientos y por eso ella, la Virgen de los Desamparados, también puede entender su situación de dolor.
Cuando tengas miedo, cuando estés solo, cuando estés triste, cuando estés aburrido, cuando te sientas derrotado, ven donde ella. Aunque tengamos el cáliz, tenemos a Jesús en la Eucaristía y María nos ayuda a encontrar a ese Jesús.
Camino, verdad y vida. Que María, Virgen de los Desamparados, te proteja y te acompañe. Yo te bendigo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.