1. Desde tu experiencia, ¿qué crees que une hoy a España y Latinoamérica más allá del idioma?

Para mí, el idioma es fundamental porque nos permite entendernos y relacionarnos de una manera muy natural, pero creo que vivimos en un momento en el que lo más importante son las personas. Los flujos migratorios entre España e Hispanoamérica han alcanzado una dimensión enorme y están generando una conexión humana cada vez más profunda.

Pensemos, por ejemplo, en Buenos Aires, donde viven cientos de miles de españoles y descendientes de españoles. Por su dimensión, esa comunidad podría compararse con la población de algunas de las principales capitales de provincia de España. Y, si hacemos el ejercicio al revés, encontramos una realidad similar: en España vive una enorme comunidad de colombianos y personas de origen colombiano, comparable en tamaño a la población de varios departamentos de Colombia.

Y lo interesante es que esto no sucede únicamente entre España, Argentina o Colombia. Es una realidad que se replica, con distintas intensidades, en prácticamente todos los países de Hispanoamérica.

Hoy hay familias que tienen una parte en España y otra en América; jóvenes que estudian a un lado y trabajan al otro; profesionales que desarrollan su carrera entre ambos continentes, y empresarios que ven este espacio como un mercado cada vez más integrado.

Todo eso genera relaciones económicas y culturales, pero, sobre todo, relaciones humanas. Por eso creo que, más allá del idioma y de nuestra historia compartida, lo que realmente está uniendo hoy a España e Hispanoamérica es esa circulación constante de personas, talento, ideas y proyectos de vida a ambos lados del Atlántico.

2. ¿Qué costumbres, valores o formas de entender la vida consideras que compartimos españoles y latinoamericanos?

En lo particular, considero que compartimos una serie de valores fundamentales. El primero de ellos es la familia, entendida como el núcleo básico de nuestras sociedades y como un elemento que sigue teniendo un peso enorme en nuestra manera de relacionarnos y entender la vida.

También compartimos una tradición de valores cristianos que, más allá de la fe o de la práctica religiosa de cada persona, ha influido profundamente en la construcción moral, cultural y social de nuestros países. Son elementos que hacen que, pese a nuestras diferencias, exista una forma de entender las relaciones personales y la sociedad que resulta muy familiar a ambos lados del Atlántico.

A eso añadiría que España e Hispanoamérica forman parte, en su gran mayoría y con ciertas excepciones, de una misma tradición política occidental y democrática. Compartimos conceptos como el Estado de derecho, la existencia de instituciones y sistemas judiciales, la celebración de elecciones y la alternancia en el poder.

En resumen, si dejamos a un lado los lazos históricos que evidentemente nos unen, hoy compartimos también un marco social, cultural y político muy parecido. Y eso se percibe en algo muy sencillo: un español que llega a un país hispanoamericano puede comprender sus códigos sociales e integrarse con bastante naturalidad desde el primer día, y lo mismo ocurre con un hispanoamericano que llega a España.

3. España y Latinoamérica también tienen importantes diferencias culturales. ¿Qué podemos aprender unos de otros a partir de esas diferencias?

Claro que existen diferencias culturales. Pueden ser cosas tan cotidianas como los horarios de las comidas, determinadas formas de trato o, por ejemplo, la costumbre, todavía muy extendida en algunos países de Hispanoamérica, de dirigirse como «señor» o «señora» a una persona mayor, algo que en España quizás se utiliza cada vez menos.

Pero, en lo particular, considero que son diferencias naturales dentro de un espacio cultural tan amplio y diverso. Al fin y al cabo, también existen diferencias importantes entre Colombia y Argentina, entre Cuba y Chile o, dentro de la propia España, entre un andaluz y un vasco.

La Hispanidad, entendida en su sentido más amplio, se caracteriza precisamente por esa enorme diversidad. Y quizás una de sus características más bonitas sea que, a pesar de todas esas diferencias, tenemos una gran capacidad para entendernos, convivir e incorporar elementos de otras culturas hispanas como propios.

Un ejemplo muy sencillo lo vemos hoy en los bares y restaurantes españoles, donde cada vez es más común encontrar tequeños, empanadas y otros platos de distintos países hispanoamericanos. Y ya no se ofrecen únicamente pensando en el público de esos países, sino también en españoles que los han descubierto y los han incorporado a sus gustos.

Creo que ahí está precisamente el aprendizaje: conocer nuestras diferencias, disfrutarlas y permitir que esa diversidad vaya enriqueciendo una cultura que, en muchos aspectos, seguimos compartiendo.

4. ¿Cómo crees que la presencia de la comunidad latinoamericana en España está transformando la relación cultural y social entre ambos lados del Atlántico?

Afortunadamente, vengo de un país que fue profundamente transformado por la inmigración: Venezuela. Durante el siglo XX vivimos un boom migratorio que, en algunos momentos, fue incluso comparable o superior, proporcionalmente, al que está experimentando España en la actualidad.

Yo estudié con hijos y nietos de inmigrantes españoles, italianos, portugueses, colombianos, croatas y de muchas otras nacionalidades, y esa diversidad se apreciaba todos los días en las calles. En una esquina podías encontrar un restaurante colombiano con su «sopa, seco y jugo» y, en la siguiente, una panadería fundada por una familia croata.

Con el tiempo, todo aquello dejó de percibirse como algo extranjero y pasó a formar parte de la propia identidad venezolana.

Esa misma fotografía, quizás todavía en una fase más inicial, es la que empiezo a ver hoy en España. En apenas unas décadas, España está aprendiendo a ser un país receptor de inmigración y, al mismo tiempo, quienes llegamos estamos aprendiendo a integrarnos y a formar parte de la sociedad española.

Es un proceso que requiere tiempo y adaptación por ambas partes, pero que puede ser enormemente enriquecedor. Estoy convencido de que esta nueva realidad no solo estrechará todavía más los vínculos culturales y sociales con Hispanoamérica, sino que también puede contribuir positivamente a muchos de los retos demográficos, económicos y sociales que España afronta actualmente.

5. Si tuvieras que explicar qué significa para ti «Lo que nos une», ¿qué dirías?

Creo que en las respuestas anteriores ya he hablado de muchas de las cosas que nos unen: la historia, la cultura, los valores, el idioma y también esos flujos migratorios de ida y vuelta que durante generaciones han conectado a España con Hispanoamérica.

Pero me gustaría detenerme en algo diferente que también nos une como migrantes: el lugar que elegimos como nuestro hogar.

En mi caso, Valencia y la Comunitat Valenciana han pasado a formar parte de mi identidad y de mi vida cotidiana. Eso hace que pueda encontrar nuevos puntos de unión, por ejemplo, con un colombiano de Cali con quien quizás, por nuestros orígenes, tendría pocas cosas en común. Sin embargo, los dos vivimos aquí, conocemos las Fallas, disfrutamos de una paella y vamos construyendo experiencias compartidas.

Comenzamos así a tener cosas en común no por el lugar del que venimos, sino por el lugar que hemos elegido para vivir.

Para mí, eso también es «lo que nos une», y creo que es importante invitar a quienes llegamos desde Hispanoamérica a abrazar la tierra que nos acoge, conocerla, respetarla y sentirla también como nuestra, porque es una tierra maravillosa, llena de historia, tradiciones y cultura.

6. ¿Hay alguna tradición, expresión cultural o costumbre latinoamericana que consideres que ya forma parte de la vida cotidiana en España, o viceversa?

En el caso de Valencia, existe ya toda una agenda cultural vinculada a los distintos países hispanoamericanos. La comunidad boliviana celebra festividades como la Virgen de Urkupiña, sus carnavales o su fiesta nacional; los colombianos mantienen tradiciones como el Día de las Velitas, y los venezolanos celebran distintas advocaciones marianas.

Una de ellas es la Virgen del Valle, cuya celebración ha llegado incluso a tener una romería en la Albufera de Valencia. Lo más interesante es que en muchas de estas actividades ya no participan únicamente las comunidades de cada país, sino también españoles que se acercan, las conocen y terminan haciéndolas parte de la diversidad cultural de la ciudad.

Pero este intercambio no es nuevo ni funciona en una sola dirección. Durante décadas ocurrió lo mismo en Hispanoamérica con la emigración española. En Venezuela, por ejemplo, la Hermandad Gallega celebra Santiago Apóstol, mientras que instituciones como el Hogar Canario o el Centro Asturiano mantienen una importante agenda cultural y conservan tradiciones españolas desde hace generaciones.

En Argentina encontramos incluso un ejemplo muy simbólico: la celebración de fallas inspiradas en las valencianas.

Al final, cada día estamos más conectados y ese puente cultural entre España e Hispanoamérica se ha construido y se sigue sosteniendo, en buena medida, gracias a una inmigración que históricamente ha sido de ida y vuelta.

7. ¿Qué papel crees que tienen la gastronomía, la música y las celebraciones en la conexión entre España y Latinoamérica?

Como persona dedicada al mundo político y asociativo, siempre he creído que la palabra tiene poder y, por tanto, que el idioma también lo tiene. Somos más de 600 millones de hispanohablantes en el mundo y eso nos convierte en un espacio cultural con una capacidad extraordinaria.

Lo vemos en la música, la literatura, el cine o el arte: cuando un artista publica una canción o un escritor presenta un libro en español, tiene potencialmente ante sí a cientos de millones de personas capaces de disfrutar de esa obra sin necesidad de traducción. El impacto cultural, pero también económico, de compartir un idioma de esta dimensión es monumental.

Con la gastronomía ocurre algo parecido y podemos verlo a escala local. Estoy casi seguro de que en Valencia podemos encontrar al menos un restaurante representativo de prácticamente cada país de Hispanoamérica, y eso supone una riqueza cultural enorme. Un turista que visita Valencia puede disfrutar de la gastronomía valenciana y española y, al mismo tiempo, probar sabores de distintos lugares de América sin salir de la ciudad.

Y esta conexión va incluso más allá de la cultura: también en el ámbito político y social estamos muy interconectados. Las narrativas, las tendencias y los debates que surgen a un lado del Atlántico muchas veces terminan llegando al otro.

En definitiva, compartimos un espacio cultural que hace que aquello que ocurre en uno de nuestros países tenga cada vez más capacidad de viajar, influir y generar interés en los demás.

8. ¿Cómo crees que las nuevas generaciones están construyendo una relación diferente entre España y Latinoamérica?

España e Hispanoamérica están, de alguna manera, «condenadas» a entenderse, y creo que cada vez lo harán más y mejor. Internet, la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías están haciendo que ese océano, que hace menos de un siglo se tardaba semanas en cruzar, sea cada vez más pequeño.

Hoy encontramos empresas, universidades, fundaciones y profesionales trabajando conjuntamente a ambos lados del Atlántico, y cada vez es más natural que los puentes internacionales no sean únicamente Madrid-Washington o Madrid-Bruselas, sino también Madrid-Caracas, Madrid-Bogotá o Madrid-Buenos Aires.

Las nuevas generaciones están entrando de lleno en esa autopista de alta velocidad que conecta nuestros países y que probablemente seguirá creciendo durante las próximas décadas.

Esa realidad ya se puede observar claramente en las universidades españolas, donde estudian miles de jóvenes procedentes de distintos países hispanoamericanos. Muchos de ellos podrán regresar posteriormente a sus países llevando consigo conocimientos, experiencias y relaciones construidas en España, mientras otros desarrollarán aquí su vida profesional y personal.

Y también debemos destacar a los miles de profesionales hispanoamericanos que están homologando sus títulos y aportando en España la formación y experiencia adquiridas en sus países de origen.

Ese intercambio de conocimiento y talento en ambas direcciones puede convertirse en uno de los grandes motores de la relación entre España e Hispanoamérica para las nuevas generaciones.

9. ¿Qué importancia tiene conocer y reconocer las distintas identidades que existen dentro de España y Latinoamérica para entender mejor lo que compartimos?

Reconocernos en nuestras diferencias es fundamental para poder empatizar, conectar y crecer como conjunto social. Cada persona que llega trae consigo una cultura, unas costumbres y una forma de entender la vida, pero, al mismo tiempo, comienza un proceso de adaptación al país que ha elegido para vivir y al que, desde mi punto de vista, debemos aprender a querer, respetar y contribuir a hacer crecer.

Los flujos migratorios suelen avanzar mucho más rápido que los cambios culturales, y España es un buen ejemplo: en pocos años ha recibido importantes flujos de venezolanos, ucranianos, argentinos y muchas otras nacionalidades, cada uno con realidades y características diferentes.

Todos esos aportes enriquecen a la sociedad que los recibe, pero la integración funciona en dos direcciones. Es importante que España sea capaz de conocer, comprender e incorporar parte de esa nueva diversidad, pero también que quienes llegamos hagamos el esfuerzo de conocer las costumbres, las instituciones, la historia y las distintas identidades del país que nos abre sus puertas.

Son dos caras de una misma moneda que debemos ser capaces de equilibrar: conservar y compartir aquello que somos, mientras construimos un sentimiento de pertenencia y responsabilidad hacia la sociedad de la que hemos decidido formar parte.

10. Mirando hacia el futuro, ¿cómo te gustaría que evolucionara la relación entre España y Latinoamérica?

Por parte de España, creo que durante las últimas décadas ha existido un lógico proceso de integración y europeización que, en ocasiones, ha hecho que se preste menos atención a Hispanoamérica.

Sin embargo, considero que precisamente ahí se encuentra uno de los grandes valores añadidos de España dentro de Europa: su capacidad para actuar como interlocutor, puente y mediador con una región con la que comparte idioma, historia y profundos vínculos humanos.

Hispanoamérica, además, posee enormes recursos naturales, reservas de agua, capacidad agrícola, población y un gran potencial económico y humano en áreas que son cada vez más estratégicas para Europa. España tiene una posición privilegiada para conectar ambos espacios y convertir esa relación en oportunidades de crecimiento compartido.

Por parte de Hispanoamérica, creo que tenemos dos grandes tareas. La primera es construir alianzas de Estado entre nuestras naciones que sean capaces de sobrevivir a los gobiernos de turno y que no dependan permanentemente de afinidades ideológicas. La cooperación iberoamericana debería servir para cohesionar y fortalecer a la región en su conjunto.

La segunda es comprender el enorme potencial que tiene España como país bisagra y como puente hacia Europa.

Creo que ha llegado el momento de dejar de mirar constantemente hacia los conflictos del pasado y comenzar a construir juntos el futuro.

En definitiva, debemos empezar a pensar en una Hispanidad del siglo XXI: moderna, diversa, democrática y abierta al mundo, capaz de conectar las dos orillas del Atlántico y de convertir todo aquello que compartimos en una verdadera oportunidad de futuro.