1. Para quienes aún no te conocen, ¿quién es Karina Ortiz y cómo te defines más allá de la música?

Soy Karina Ortiz. Cantautora migrante, productora cultural y artista escénica mexicana radicada en Barcelona. Vengo del norte de México: nací en Parral, crecí en Delicias y me formé en Ciudad Juárez, esa ciudad frontera que me marcó para siempre.

Más allá de la música, soy una mujer que decidió reconstruirse gracias a que he creído en mí, atravesando fronteras y reinventándome las veces que hizo falta. Soy diseñadora gráfica de formación y llevo dedicándome al diseño y la comunicación desde la universidad, ininterrumpidamente, primero como freelance para clientes bajo mi marca Korty Studio y hoy como directora creativa de mis propios proyectos musicales y culturales. Esa continuidad me dio desde el principio la posibilidad de dirigir artísticamente todo lo que hago.

Inicié Paisanas Mexicanas en Barcelona, una red de sesenta mujeres mexicanas migrantes que nos acompañamos en el duelo, el desarraigo y la reconstrucción de la vida en Europa. Esa parte comunitaria es tan importante como la música.

Si me tuviera que definir en una frase: soy una mujer del norte de México, migrante, feminista, que hace música popular y produce cultura entre Europa y México.

2. Naciste en el norte de México y hoy desarrollas tu carrera en Barcelona. ¿Cómo ha sido tu historia migrante y qué aprendizajes te ha dejado este camino?

Antes de migrar a Europa, me tomé un sabático para recorrer mi propio país: Guadalajara, Ciudad de México, Playa del Carmen. Fueron seis meses de mirar México desde adentro. Sin saberlo, ese viaje me estaba preparando para cruzar el Atlántico.

Llegué a Europa por Córdoba, Andalucía. Ahí renací como artista: descubrí lo que era cantar para gente que no era mi gente y que, aun así, se emocionaba con las canciones mexicanas. Después pasé por Málaga, Torremolinos y Gibraltar. La pandemia me devolvió a México, a Chihuahua, donde empecé a producir mi primer EP, Noche de Ronda. En 2024 me instalé en Barcelona y aquí sigo.

Lo que este camino me ha enseñado es que migrar no es una sola cosa. Es un duelo, una reinvención y también un privilegio, según el día. Aprendí que la cultura mexicana, cuando se ofrece con cuidado, no compite con la cultura local: la amplía, construye puentes y repara heridas que uno no sabía que traía. Aprendí también que las mujeres migrantes somos más fuertes de lo que nos enseñaron a creer y que necesitamos redes reales para sostenernos.

Y aprendí, sobre todo, que no hay que perder el norte. En sentido literal y en sentido figurado.

3. Has dicho que la migración no solo es tu biografía, sino también tu mirada artística. ¿Cómo transformas las experiencias de migrar en canciones y proyectos culturales?

La migración y mi contexto mujer milenial son el filtro por el que pasa todo lo que hago. No es un tema entre otros: es la mirada, porque es lo que me tocó y elegí vivir. Cuando escribo una canción, la escribo desde la experiencia de estar lejos, de reconstruir familia con desconocidas unidas por la raíz, de aprender a extrañar sin quebrarse.

Mis espectáculos también parten de esa mirada. Noche de Ronda es un tributo a Chavela Vargas, pero contado desde una mexicana migrante en Europa. Cuando canto La Llorona en Londres, en París o en Barcelona, esa canción se llena de otra cosa: no es solo memoria colectiva mexicana, es también la nostalgia de quien no puede volver cuando quiere. Fiesta Latina, mi rockola de nostalgia para mujeres migrantes millennials, hace lo mismo con Juan Gabriel, Selena, Rocío Dúrcal, Bronco, Los Ángeles Azules: cantar esos himnos en la diáspora es reconstruir la casa que dejamos atrás.

Y luego está KO Cultura, mi línea de producción cultural, donde llevo la mirada migrante a proyectos institucionales: FITUR Jalisco, activaciones para marcas mexicanas en Europa. Todo lo que hago habla desde ahí. No es un tema: es una forma de ver el mundo.

4. Tu música mezcla cumbia, electrónica y raíces mexicanas. ¿Cómo encontraste ese sonido y qué representa para ti como artista mexicana que vive en Europa?

Ese sonido no lo busqué: lo traigo. Crecí en el norte de México, donde la cumbia y el norteño son parte del aire. Pero estudié en Ciudad Juárez, una ciudad frontera con una escena electrónica y underground muy fuerte. Esas dos capas están en mí desde siempre.

Cuando llegué a Europa, esa mezcla empezó a tener sentido, gracias a que descubrí el flamenco y al pueblo gitano en Andalucía y su arte: representa quién soy, un puente entre tradición y contemporaneidad. Actualmente trabajo mi segundo EP como cantautora con Sonido San Francisco, un productor chilango que vive en Barcelona. Con él estamos explorando ese cruce con más profundidad: cumbia como base rítmica, electrónica como textura y raíz mexicana como identidad.

Mi referente vivo más directo es Lila Downs. Ella lleva décadas construyendo desde el eje México-Estados Unidos algo parecido a lo que yo intento hacer desde el eje México-Europa: reapropiar el cancionero popular desde una voz autoral femenina, con perspectiva migrante y sin folclorismos. También me nutren otras autoras contemporáneas mexicanas como Astrid Hadad y Vivir Quintana. Reconocer ese linaje no me disminuye, me sitúa.

Como artista mexicana en Europa, este sonido es también una respuesta. Aquí muchas veces esperan que la música mexicana sea mariachi turístico o cumbia de fiesta ligera. Yo hago cumbia, sí, pero para pensarse, para bailarse y para acompañarse.

5. Tu obra está dedicada especialmente a las mujeres latinas migrantes. ¿Qué historias, emociones o necesidades buscas visibilizar a través de tus canciones?

Tengo una frase que resume por dónde va todo: me gusta cantarle a las mujeres para que se nos quite lo que nos enseñaron a aguantar (que se nos quite lo pendejas).

Nos enseñaron a aguantar mucho. A callarnos, a sostener casas ajenas, a esperar, a poner el cuerpo antes que la palabra. Mis canciones son un intento de nombrar todo eso y devolverlo a quien lo escucha para que se pueda soltar. No para que quede en la queja: para que se transforme.

Las historias que quiero visibilizar son las de las mujeres latinas migrantes en Europa: las que llegamos por amor, por estudios, la mayoría solas; las que dejamos hijos, madres, parejas o carreras allá; las que empezamos de cero un currículum que ya nadie leyó nunca; las que aprendimos a llamar familia a otras mujeres que también estaban lejos; las que tuvimos que reconstruirnos porque acá nadie nos conocía. A las que, pensando que por ser extranjero no iba a salir machito ibérico, como me pasó a mí.

También quiero visibilizar la alegría. La resistencia. La capacidad enorme que tenemos las latinas para hacer comunidad en cualquier lugar del mundo. Mis canciones no son solo tristes ni solo festivas: son las dos cosas, porque así somos.

6. Además de cantar, produces y diriges tus propios proyectos culturales. ¿Qué significa para ti tener el control creativo de tu carrera y construir una propuesta con identidad propia?

Para mí es una decisión política, no solo artística. En este sector, las mujeres migrantes muchas veces terminamos siendo la voz de proyectos que otros dirigen. Yo decidí muy pronto que eso no iba conmigo.

Mi marca madre es Karina Ortiz y, bajo ese paraguas, trabajo cinco líneas: KO Escena (mis tres espectáculos en vivo), KO Music (mi obra autoral como cantautora), KO Cultura (producción cultural y proyectos institucionales), Kari Komunica (mi trabajo de comunicación cultural y comunidad digital) y Korty Studio (mi estudio de dirección creativa y branding, con más de quince años de trayectoria). La marca Karina Ortiz está registrada en la Oficina Española de Patentes y Marcas, soy miembra de SGAE y AIE, y estoy dada de alta como autónoma.

Tener el control creativo significa que puedo decidir qué canciones grabo, cómo se ve mi cartel, qué quiero comunicar. También significa que asumo el riesgo. Nadie más lo asume por mí.

Y sí, es cansado. Pero cuando veo lo que se ha construido en pocos años —una plataforma sustentable, una comunidad real, obra propia, presencia internacional— sé que valió la pena. Sobre todo porque abre camino para que otras mujeres migrantes vean que sí se puede.

7. Eres la fundadora de Paisanas Mexicanas Barcelona, una red de apoyo para mujeres migrantes. ¿Cómo nació esta iniciativa y qué impacto ha tenido en la comunidad?

Paisanas nació de una necesidad muy concreta: la mía. Cuando llegué a Barcelona en 2024 no encontraba red y hace 13 años que llegué a Andalucía, menos. Había asociaciones institucionales, había amigas sueltas, pero no había un espacio donde las mexicanas nos pudiéramos encontrar entre nosotras sin filtro.

Empecé con encuentros pequeños, brunches en espacios curados de Barcelona. La voz corrió y empezaron a llegar mujeres. Hoy somos alrededor de sesenta paisanas activas, con un grupo de WhatsApp donde circula información sobre vivienda, homologación de estudios, situaciones legales, recomendaciones profesionales, apoyo emocional y también, cuando hace falta, acompañamiento en situaciones de violencia.

El impacto es difícil de medir con números porque no es un impacto de métricas: es afectivo. He escuchado historias de todo tipo. Una mujer que llega desesperada porque su casera la echó, y en el grupo aparece ayuda útil pronto. Otra que estaba pensando en volverse a México porque no aguantaba la soledad, y encuentra un brunch donde, por primera vez en meses, se ríe fuerte. Es acompañarnos en el duelo migratorio, que nadie te dice que existe, pero que todas conocemos. Mis canciones nacen de estas historias. Y esta red es también el lugar donde mi obra encuentra su primer eco.

8. En 2026 presentas «Familia de Verdad», una canción que marca una nueva etapa como autora. ¿Qué representa este lanzamiento y qué mensaje esperas que conecte con quienes la escuchen?

Familia de Verdad no es una canción sobre nostalgia. Es un himno de identidad. Es un llamado a los latinos a repensar quiénes somos hoy, más allá de las categorías con las que llegamos: mezcla, mestizaje, bandera, nación. Todas esas palabras son herencias coloniales y yo las cuestiono desde el primer verso.

"No soy mezcla de colores, ni bandera, ni nación. Soy el eco de dolores y también de rebelión."

Escribí esta canción desde la certeza de que ser latinos migrantes en Europa ya no cabe en las viejas etiquetas. Nuestra realidad cambió. Somos hijas e hijos de tierras distintas, de acentos que no encajaban, de abuelas que ni siquiera sabían cómo nombrarnos. Traemos herencia, pero también invención. Traemos dolor colonial, pero también rebeldía. Y ahí, en esa mezcla que no es "mezcla" sino identidad propia, es donde encontramos familia de verdad.

Es una canción decolonial y feminista. Es un llamado a la unidad entre latinoamericanos que vivimos en Europa —desde una posición que no pide permiso a la blanquitud para existir— y una invitación a reconocernos con dignidad, sin caber en los cajones que otros nos armaron.

"Donde otros ven diferencia, yo levanto dignidad. De ser muchos no me resta: me convierte en libertad."

Espero que quien la escuche —sobre todo las mujeres latinas migrantes en Europa— la sienta como himno propio. Que se la aprenda. Que la cante fuerte. Que entienda que ser lo propio y lo prestado a la vez no es una fractura: es una fuerza. Y que la familia de verdad no es la que nos impusieron, sino la que elegimos construir desde aquí, sin pedir permiso.

9. Has llevado tu música a escenarios de distintos países europeos y también de México. ¿Cómo cambia la experiencia de cantar para la comunidad latina fuera de su país de origen?

Cambia todo. Cantar para diáspora es una responsabilidad afectiva distinta a cantar en México.

He tenido la suerte de subirme a escenarios muy diferentes: Teatre Arnau y Pueblo Español en Barcelona, Las Dalias en Ibiza, el Horniman Museum de Londres en el Festival de Día de Muertos con MexiBrits, la Fête des Morts y Maison de l'Amérique Latine en París, y también en Milán. Este año abrí para Los Invasores de Nuevo León en Madrid y para Los Tucanes de Tijuana en Movistar Arena Madrid y Paral·lel 62 Barcelona.

Y en cada uno de esos escenarios pasa lo mismo: la gente llora, canta más fuerte, se abraza. La emoción diaspórica es diferente. Cuando en México cantas El Rey, la gente la corea. Cuando la cantas en Londres para mexicanos que llevan quince años sin volver, la gente llora coreándola. Es la misma canción, pero se transforma en otra cosa. Se llena de todo lo que uno no puede decir de otra manera.

Yo lo sé porque también soy parte de esa audiencia. Cuando canto para paisanos y latinos estoy cantando también para mí, para lo que yo también extraño, para lo que también me falta. Es un intercambio, no un espectáculo unidireccional.

Por eso digo que cantar para diáspora es una responsabilidad afectiva. Uno no está entreteniendo: está sosteniendo memorias, duelos y sueños compartidos.

10. Si pudieras enviar un mensaje a todas las mujeres latinoamericanas que hoy están empezando una nueva vida lejos de casa, ¿qué les dirías desde tu experiencia como migrante, artista y mujer?

Les diría primero lo más simple y lo más difícil de creer al principio: no están solas.

Aunque en las primeras semanas parezca que sí lo están, aunque el idioma sea distinto, aunque la comida no sepa igual, aunque las calles no las conozcan y aunque nadie las conozca a ellas: hay una red de mujeres latinas migrantes en Europa que ya está esperando conocerlas. Búsquenla, involúcrense: la comunidad es un acto recíproco, no solo recibir sino también sembrar. Escriban a otras paisanas de su país. Vayan a los brunches, a los encuentros, a los conciertos de artistas latinas migrantes. Reciban ayuda cuando se las ofrezcan y ofrézcanla también cuando puedan.

Les diría también que se den permiso de reinventarse. Que la migración es la oportunidad rara y dolorosa de empezar de nuevo. Que si dejaron algo atrás —una carrera, una pareja, una casa, una versión suya— no lo dejaron para nada. Lo dejaron para encontrar otra cosa. A veces mejor. A veces distinta. Casi nunca peor, aunque al principio lo parezca.

Y les diría que no se olviden de dónde vienen. Que ser mexicana, colombiana, argentina, peruana, venezolana, hondureña, cubana o chilena en Europa es un privilegio y una responsabilidad. Tienen mucho que dar. Su cultura no es un lastre: es un tesoro. Ofrézcanlo con cuidado y con orgullo.

Lo más importante que aprendí: no se aguanten nada. Edúquense, acérquense a las instituciones de igualdad de sus ayuntamientos —siempre hay información útil para conocer sus derechos como personas—. Aquí cabemos todas.

Por último, que me sigan en mis redes y canales de música para que conozcan mi obra.