1. Para quienes aún no la conocen, ¿quién es Sonia y cómo nació su pasión por los libros, la cultura y los proyectos que conectan a las personas?

Nací en un pequeño pueblo de México donde no había agua potable, electricidad ni carreteras. Para llegar a la ciudad más cercana había que caminar durante horas. Mi abuela cubría las rendijas de nuestra humilde casa de madera con periódicos viejos para protegernos del frío. Fue precisamente allí donde aprendí a leer. Descifraba aquellas páginas pegadas a las paredes, pero casi nunca encontraba el final de las historias, así que tenía que inventarlo.

Un día apareció en mis manos un tomo de la enciclopedia Salvat, dedicado, curiosamente, a España. Lo leí una y otra vez hasta que me prometí que algún día conocería ese país.

En 1992, después de terminar la carrera de Letras Hispánicas, siendo madre soltera de una niña de diez años a la que había sacado adelante mientras trabajaba como reportera en un periódico de Xalapa, Veracruz, viajé por primera vez a Barcelona. La ciudad me impactó profundamente. Recuerdo que hice una promesa, como Scarlett O'Hara en Lo que el viento se llevó: volvería. Y cumplí esa promesa en 2003, cuando regresé para quedarme.

2. ¿Cuál es su historia como migrante en España y qué aprendizajes le ha dejado construir una nueva vida lejos de su país de origen?

Ha sido un camino tan difícil como enriquecedor. Llegué en 2003 con la decisión firme de construir aquí mi vida, aunque el proceso estuvo lleno de obstáculos.

En 1997 nació mi segunda hija y seguía siendo madre soltera. Conciliar el cuidado de una niña pequeña con el trabajo y la búsqueda de una vivienda fue una experiencia muy dura. Para complicarlo aún más, no obtuve el permiso de trabajo. Aunque el periódico donde trabajaba en Catalunya intentó ayudarme con los trámites, un error administrativo provocó mi deportación a México. Fue, sin duda, uno de los episodios más dolorosos de mi vida.

Afortunadamente, pude regresar, aunque pasé cerca de un año sin documentación. Me matriculé en el doctorado de Comunicación y Periodismo para obtener una autorización de residencia. Mientras tanto, continué trabajando y, ante la imposibilidad de cuidar a mi hija, tuve que enviarla temporalmente a México hasta conseguir la reagrupación familiar. Hoy esa hija terminó su carrera universitaria y desarrolla su vida profesional en Barcelona. Mi hija mayor vive actualmente en México, aunque también estudió en esta ciudad, donde cursó un máster en Cine Documental.

Durante aquellos primeros años cambié muchas veces de vivienda, conocí a personas que transformaron mi manera de entender la vida y, finalmente, encontré a quien hoy es mi compañero. Vivimos juntos durante años antes de casarnos porque yo quería obtener la nacionalidad española por mis propios méritos. Era una cuestión de independencia y de coherencia conmigo misma. Solo cuando la conseguí sentí que podía dar ese paso.

Con él encontré también un hogar lleno de libros, películas y música de todas las partes del mundo. Compartimos la convicción de que el encuentro entre culturas enriquece la vida y amplía nuestra mirada sobre el mundo.

3. Usted dirige una editorial y un espacio multicultural y plurigeneracional. ¿Cómo surgió la idea de crear este proyecto y qué necesidad buscaba cubrir? Toda esa experiencia personal desembocó, de alguna manera, en la creación de la Associació Cultural BiblioMusiCineteca.

Mi compañero disponía de unos locales donde, hace ya más de veinte años, comenzamos a organizar pequeñas actividades culturales. Al principio eran encuentros casi privados porque no contábamos con la infraestructura necesaria. Además, yo seguía trabajando como periodista y apenas tenía tiempo para dedicarme plenamente al proyecto.

Mientras cursaba el doctorado en la Universitat Autònoma de Barcelona conocí a una amiga brasileña que terminó convirtiéndose en parte de mi familia. Juntas organizamos el primer espectáculo abierto al público en la BiblioMusiCineteca.

Con el paso del tiempo, el proyecto fue creciendo gracias a muchas personas. Primero llegó mi hermana para realizar un doctorado en Barcelona. Después, una gran amiga mexicana, profunda conocedora de las tradiciones populares de nuestro país —especialmente del Día de Muertos—, enriqueció la programación cultural con su experiencia. Más tarde, mi hija mayor vino a cursar un máster en Cine Documental y dio un impulso decisivo al área cinematográfica de la asociación.

Todo ello fue posible gracias también a la complicidad de mi compañero, especialista en cine, teatro y espectáculos familiares, además de custodio de una importante colección documental sobre teatro independiente, tradiciones culturales catalanas y teatro de títeres.

En 2014 dejé definitivamente el periodismo para dedicarme por completo a dirigir la asociación. Desde entonces hemos tejido una estrecha relación con las entidades del barrio del Poble-sec y con numerosos colectivos de Barcelona, especialmente latinoamericanos. Aunque nuestra vocación siempre ha sido universal y abierta a todas las culturas, es natural que México tenga una presencia muy destacada, porque es el país cuya realidad conozco mejor.

4. ¿Qué significa para usted crear un lugar donde conviven los libros, la música, el cine, las artes escénicas y personas de diferentes generaciones y culturas?

Para mí significa haber cumplido uno de los grandes sueños de mi vida.

Cuando era niña apenas teníamos acceso a los libros o al cine. Recuerdo que mi padre llevó al pueblo un televisor que funcionaba con baterías y que había que transportar a lomos de un caballo. De vez en cuando llegaba un cine ambulante y aquellas películas despertaban mi imaginación. Me hacían comprender que existía un mundo mucho más grande que las montañas entre las que había crecido.

A los once años dejé mi pueblo para continuar estudiando. Mi familia se trasladó a Ciudad Nezahualcóyotl, donde vivían miles de personas procedentes del campo mexicano. Era una ciudad marcada por la pobreza y la marginación, pero la educación nos permitió abrir nuevos horizontes.

Comencé a trabajar muy joven. Vendí libros de puerta en puerta antes de incorporarme a un periódico en Xalapa, donde crecí profesionalmente hasta ocupar distintos cargos de responsabilidad: redactora, jefa de Información, subdirectora y, finalmente, directora.

En 1999 tuve la oportunidad de realizar un curso de periodismo para la cobertura de zonas de conflicto en un instituto de Israel dedicado a promover la paz. Aquella experiencia despertó aún más mi deseo de conocer otras realidades y seguir ampliando mis horizontes. Años después llegaría a Barcelona.

La BiblioMusiCineteca representa, en cierto modo, la culminación de ese recorrido. Es el lugar donde he conseguido reunir, en un mismo espacio, los libros, el cine, la música, las artes y las personas que siempre soñé acercar unas a otras.

5. Desde su experiencia, ¿qué papel juega la cultura en los procesos de integración de las personas migrantes?

La cultura desempeña un papel fundamental en cualquier proceso de integración. El arte nos enseña a descubrir la belleza, pero también nos ayuda a comprender al otro y a perder el miedo a aquello que es diferente.

A lo largo de estos años, por nuestra asociación han pasado personas de muchos países y culturas. Ese intercambio nos ha transformado a todos. Nos ha permitido desmontar prejuicios, reconocer el talento que aporta cada persona y descubrir que las diferencias, lejos de separarnos, enriquecen la convivencia.

La cultura crea vínculos donde antes había desconocimiento. Hace posible que personas muy distintas compartan experiencias, conocimientos y afectos. Y esa, creo yo, es una de las formas más profundas de integración.

6. ¿Cuáles han sido los mayores desafíos de emprender en el sector cultural y mantener vivo un proyecto independiente en España?

El mayor desafío ha sido, sin duda, sostener el proyecto en el tiempo. Los recursos económicos son importantes, pero los recursos humanos lo son todavía más. Una asociación cultural solo puede mantenerse viva cuando existe una comunidad comprometida que comparte un mismo propósito.

Hemos tenido la fortuna de no tener que asumir el coste de un alquiler, y eso ha sido decisivo para nuestra continuidad. De lo contrario, probablemente habríamos tenido que cerrar hace años. Los gastos son muchos y los ingresos, muy limitados.

Sin embargo, nunca hemos entendido nuestro trabajo únicamente desde una lógica económica. Nos mueve el deseo de servir, compartir y crear espacios de encuentro. Ese compromiso nace de los valores que aprendí de mis padres, personas profundamente solidarias, capaces de compartir lo poco que tenían con quienes más lo necesitaban.

A esos principios se suman los valores que comparto con mi compañero de vida: la honestidad, el respeto hacia los demás y la convicción de que nunca debemos crecer a costa de nadie. Gracias a esa manera de entender la vida hemos convertido la BiblioMusiCineteca en un espacio intercultural e intergeneracional, abierto a todas las culturas del mundo, donde cualquier persona pueda sentirse bienvenida, escuchada y respetada. Ese ha sido, desde el principio, nuestro verdadero objetivo.

7. A lo largo de estos años, ¿qué historias, encuentros o experiencias la han marcado especialmente dentro de este espacio cultural?

El periodismo me enseñó a escuchar, y Catalunya me enseñó otra manera de entender la convivencia y la diversidad. Con el paso de los años, el contacto con personas llegadas de muchos países ha ampliado aún más mi mirada.

Lo que más me impresiona es la enorme capacidad de adaptación de tantas mujeres migrantes. He conocido historias profundamente dolorosas: personas que han huido de la guerra, de la violencia o de situaciones familiares extremas y que, aun así, han sido capaces de empezar de nuevo.

También he visto cómo muchas familias tienen que reconstruir por completo su vida al llegar aquí. Recuerdo, por ejemplo, a unos padres que vendieron todo su patrimonio para venir a cuidar a su hijo, que había sufrido un grave accidente mientras estudiaba en Barcelona. Dejaron atrás su profesión y su estabilidad para acompañarlo. Como esa, podría contar muchas historias más.

Cada persona migrante carga con un mundo entero. Algunas llegan para estudiar, otras por amor, otras buscando seguridad o un futuro mejor. Detrás de cada historia hay pérdidas, aprendizajes, valentía y una enorme capacidad de seguir adelante.

8. Como editora, ¿qué tipo de voces o historias considera que necesitan más visibilidad en la actualidad?

Creo que las mujeres seguimos siendo, en muchos aspectos, las grandes invisibilizadas. Al mismo tiempo, necesitamos cambiar la narrativa sobre la migración. Con demasiada frecuencia predominan los prejuicios y los discursos que presentan a las personas migrantes como un problema, cuando la realidad demuestra exactamente lo contrario.

Las mujeres migrantes sostenemos familias, cuidamos personas, impulsamos proyectos, creamos empresas, hacemos ciencia, arte y cultura. Aportamos conocimiento, creatividad, diversidad y también esperanza a una Europa que envejece y necesita nuevas miradas.

Por eso, desde nuestra librería y nuestra editorial procuramos dar visibilidad, especialmente, a las escritoras iberoamericanas y a aquellas voces que, durante demasiado tiempo, han permanecido al margen de los grandes circuitos culturales. Publicar también es una forma de hacer justicia.

9. ¿Cómo ha visto evolucionar la participación de la comunidad latinoamericana en los espacios culturales y creativos en España?

La evolución ha sido extraordinaria. Hoy existe una comunidad latinoamericana muy activa que participa en todos los ámbitos de la vida cultural. Se organizan festivales, presentaciones de libros, exposiciones, conciertos, encuentros literarios y proyectos comunitarios en numerosos barrios de Barcelona y de otras ciudades.

A veces incluso resulta imposible asistir a todas las actividades que se organizan. Esa vitalidad demuestra que la comunidad latinoamericana no solo participa en la vida cultural de Catalunya, sino que contribuye de manera decisiva a enriquecerla y transformarla.

10. ¿Qué mensaje le gustaría compartir con los migrantes que tienen un proyecto, un sueño o una iniciativa cultural y aún no se atreven a dar el primer paso?

Les diría que se atrevan. Todos los proyectos comienzan con una idea y con la decisión de dar el primer paso. También les recomendaría acercarse a asociaciones y personas que ya han recorrido ese camino. Compartir experiencias ayuda a evitar algunos errores y, cuando no es posible evitarlos, también enseña a crecer.

Ningún proyecto sale exactamente como uno lo imagina, pero cada intento abre nuevas oportunidades. Lo importante es no renunciar.

A las mujeres migrantes quiero decirles, especialmente, que confíen en todo lo que son y en todo lo que traen consigo. Venimos de países complejos, sí, pero también somos herederas de culturas profundamente ricas, diversas y creativas. Tenemos conocimientos, experiencias y capacidades que merecen ser compartidos.

Y, sobre todo, construyamos redes. Es muy difícil avanzar en soledad. A lo largo de mi vida he aprendido que el respeto, la gratitud y la confianza son valores esenciales para afrontar cualquier momento de incertidumbre. Cuando nos apoyamos unas a otras, nuestros sueños dejan de ser individuales y empiezan a convertirse en patrimonio de toda una comunidad.