La cuesta de septiembre ha llegado este año con un peso extra para el bolsillo: el Índice de Precios al Consumo (IPC) se disparó al 4,3% en agosto, la cifra más alta desde principios de 2023. El Instituto Nacional de Estadística (INE) confirmó el dato definitivo el 15 de septiembre, con los carburantes como principal empuje. No es un simple número en una estadística; es el reflejo de cómo la vida se encarece día a día para miles de hogares, especialmente para las familias latinas en España que, a menudo, operan con presupuestos ajustados.

Este incremento del 4,3% en agosto se suma a una inflación acumulada que ha mermado el poder adquisitivo de forma silenciosa pero constante. Desde 2018, la subida general de precios roza ya el 29,3%, lo que significa que el dinero rinde cada vez menos, incluso cuando los salarios han experimentado mejoras. La brecha entre lo que suben los ingresos y lo que aumenta el coste de la vida sigue sin cerrarse, un factor crítico para quienes buscan estabilidad económica.

¿Cómo afectan el IPC y el alquiler al poder adquisitivo?

Los efectos de esta escalada se sienten directamente en el supermercado, en el surtidor y en la factura de casa. Llenar un depósito de gasolina puede superar los 90 euros, una cifra que aprieta las cuentas de quienes necesitan el coche para trabajar o llevar a los niños a la escuela. Y si hablamos de la vuelta al cole, este año se ha convertido en la más costosa de la historia, con materiales escolares y otros gastos asociados que exigen un esfuerzo adicional a las familias con hijos. Los alimentos básicos no paran de escalar precios, convirtiendo la cesta de la compra en un auténtico malabarismo semanal.

Pero el golpe no se detiene ahí. La vivienda se consolida como otro de los grandes devoradores del presupuesto familiar. Según datos recientes de Pisos.com, el precio medio del alquiler en España creció un 8,55% interanual en agosto, alcanzando los 14,86 euros por metro cuadrado. Esta subida es particularmente dura para la comunidad latina, donde una parte significativa del ingreso se destina al pago del arrendamiento, especialmente en las grandes ciudades donde la oferta es escasa y los precios, prohibitivos. Un hogar medio necesita ya gastar 1.500 euros más al año solo para mantener el mismo nivel de consumo que antes, según cálculos basados en la Encuesta de Presupuestos Familiares del INE.

Para ponerlo en perspectiva, el gasto medio anual de una familia supera los 8.700 euros solo en partidas fundamentales como vivienda, facturas y la compra. Si miramos el gasto individual, la cifra se sitúa en torno a los 600 euros por persona al mes. En el caso de las familias con menos recursos, aquellas que suelen tener sueldos más cercanos al mínimo, más del 60% de su presupuesto se destina a cubrir la vivienda y la alimentación, dejando muy poco margen para cualquier imprevisto o ahorro. Esto contrasta con las familias de mayores ingresos, que destinan a estas mismas partidas alrededor del 41% de su presupuesto.

El problema se agrava cuando se compara la evolución de los sueldos con la de los precios. Mientras los salarios pactados en convenio han visto un incremento medio ligeramente superior al 3% este año, los precios ya suben por encima del 4%. Esto significa que, en términos reales, la capacidad de compra disminuye. Un trabajador que en 2025 disponía de unos 31.300 euros anuales después de impuestos, verá cómo esa cifra se reduce a un valor real de 29.900 euros en 2026 debido a la inflación, según estimaciones con datos de la Agencia Tributaria. Esta brecha de casi cinco puntos porcentuales entre la subida de la inflación (casi un 30% en ocho años) y el incremento de los sueldos (poco más del 25%) no muestra signos de mejorar, dejando a muchos en una situación precaria.

¿Qué partidas subieron más según el dato definitivo del INE?

El desglose que publicó el INE el 15 de septiembre explica de dónde viene el golpe. Los carburantes se encarecieron un 24% en agosto respecto al año anterior y arrastraron al transporte, que subió un 9,5%. Los alimentos avanzaron un 2,3% en el mes, una subida más moderada que se suma al encarecimiento acumulado de los años previos. La inflación subyacente, que excluye energía y alimentos no elaborados, se moderó al 2,9%, señal de que el repunte está muy concentrado en la energía. Para quien depende del coche para ir al trabajo o vive lejos de una buena conexión de transporte público, ese 24% pesa más que cualquier otra cifra.

Frente a ese 4,3%, los salarios apenas se revalorizaron un 3% de media hasta julio, según el Ministerio de Trabajo. Mantener el mismo nivel de vida que hace un año exigiría ganar un 4,3% más, así que la diferencia supone una pérdida real de 1,3 puntos de poder adquisitivo. La subida salarial general es una media: algunos convenios han conseguido revalorizaciones superiores, y conviene comprobar en la nómina que el sueldo se ajusta al convenio del sector, sobre todo en los que concentran más trabajadores latinos.

¿Es inevitable el sobreendeudamiento con estos precios?

No, pero el riesgo crece. El informe 'Radiografía del sobreendeudamiento en España 2026' de Bravo, empresa especializada en rehabilitación de deudas, describe el perfil más común de persona endeudada: un hombre de entre 40 y 54 años, con empleo a tiempo completo y un sueldo de hasta 2.000 euros al mes. Tener ingresos no siempre significa tener margen, explica Cristina Cervantes, Co-Country Manager de Bravo en España: “una parte muy importante de los ingresos se destina a gastos que son difíciles de reducir: vivienda, alimentación, transporte, suministros o gastos asociados a los hijos cuando los hay”. Si a eso se suman varias cuotas de préstamos, tarjetas o microcréditos, el margen desaparece rápido.

Cervantes advierte de la costumbre de normalizar la deuda mientras se pueden pagar las cuotas, que lleva a acumular descubiertos de 15.000 o incluso 25.000 euros sin una alarma clara hasta que es demasiado tarde. Lo que importa, insiste, no es solo la cantidad total, sino la relación entre esa deuda y los ingresos, el número de cuotas mensuales y cuánto queda para vivir. Cuando se necesita deuda nueva para pagar la antigua, o cuando una cuota condiciona decisiones básicas, la señal de alarma ya debería haber sonado.

Fiscalidad y consejos para adaptarse a la subida

La administración pública también percibe un efecto colateral. La subida de precios genera, a su vez, mayores ingresos tributarios. Por un lado, el Impuesto sobre el Valor Añadido (IVA) recauda más al aplicarse sobre una base imponible superior. Por otro, al no ajustar el Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas (IRPF) a la nueva realidad del coste de la vida, se recauda más por sueldos nominalmente más altos, aunque la capacidad real de compra del trabajador se haya reducido. Los ingresos por IVA, por ejemplo, han aumentado casi un 30% en los últimos ocho años.

Frente a este panorama, la gestión del presupuesto familiar se vuelve más importante que nunca. Para las familias latinas, conviene revisar los gastos fijos, buscar opciones más económicas para la compra del mes y, en la medida de lo posible, optimizar el uso de energía en el hogar. Cervantes recomienda lo que llama una rehabilitación financiera: un diagnóstico completo de la situación, un plan de ahorro y, si hace falta, negociar con los acreedores para reducir las cuotas; hay entidades especializadas que ofrecen asesoramiento gratuito. Explorar las ayudas y prestaciones a las que se pueda tener derecho, como las relacionadas con la vivienda o la dependencia, también alivia la presión: la OCU y los servicios sociales municipales orientan sobre ellas. No se trata solo de apretarse el cinturón, sino de tomar decisiones informadas que permitan proteger la economía del hogar.

La realidad es que, a día de hoy, llegar a fin de mes es una preocupación constante para muchos. Entender el impacto de la inflación y del incremento del alquiler es el primer paso para poder adaptarse y buscar soluciones que alivien la presión sobre el bolsillo de miles de familias latinas que construyen su futuro en España.