1. ¿Quién es Deissy Olarte? Cuéntanos quién eres más allá de tu profesión y qué valores han marcado tu camino.
Deissy es una mujer que ha aprendido a reconstruirse sin perder la fe, la sensibilidad ni la dignidad. Soy madre, hija, colombiana y profesional, pero antes que cualquier título me define el amor por mi familia, la educación, la espiritualidad y el compromiso profundo con la vida.
Mi historia también ha estado atravesada por dolores que muchas mujeres conocen, aunque no siempre los nombren. El cáncer desde joven, varias cirugías, las infidelidades, las rupturas afectivas y los momentos en los que sentimos que se debe seguir de pie mientras por dentro está intentando comprender qué le ha pasado. Son experiencias que tocan el cuerpo, la autoestima, la fe, la familia y la manera de mirar el futuro. Pero también son experiencias que cuando se elaboran con verdad pueden convertirse en una escuela profunda de humanidad. No me hicieron menos mujer; me hicieron más consciente de mi valor, de mis límites, de mi fuerza y de la necesidad de vivir con más dignidad, más amor propio y más sentido.
Migrar fue una de las decisiones más complejas. Llegar a España con mis hijas significó buscar protección y una oportunidad para volver a construirnos, pero también implicó dejar a mis padres, mi país, mi casa y una parte muy profunda de mi identidad.
Para una mujer, la familia no es un detalle: es raíz, responsabilidad y pertenencia. Durante muchos años fui un apoyo importante en mi casa, y marcharme fue vivir con el corazón dividido entre el amor por mis padres, el cuidado de mis hijas y la necesidad de tomar una decisión que protegiera nuestra vida.
No cuento mi historia desde el dolor como destino, sino desde la verdad de lo vivido. Hay momentos que no se eligen, pero que enseñan. Momentos que rompen certezas, pero también revelan la fuerza, la fe y la capacidad de volver a levantarse.
Los valores que han sostenido mi camino son la familia, la fe, la humanidad, la responsabilidad, la honestidad y la integridad, entre otros. Soy teóloga, y para mí la espiritualidad es una forma de sostener el alma, encontrar sentido y seguir creyendo que incluso después de las etapas más difíciles puede nacer una vida con propósito.
Hoy no me defino únicamente por lo que he atravesado, sino por la forma en que he decidido seguir caminando: con dignidad, gratitud, amor por mis hijas, respeto por mis raíces y con la certeza de que siempre es posible reconstruirse sin dejar de ser profundamente humana.
2. Como migrante latinoamericana, ¿cómo comenzó tu historia en España? ¿Qué retos y aprendizajes recuerdas de aquellos primeros años?
Mi historia en España comenzó hace nueve años, cuando llegué desde Bogotá con mis dos hijas y solicité asilo político y debido al expediente que tenía me lo otorgaron. Llegué buscando protección, estabilidad y una oportunidad para reconstruir nuestra vida.
Los primeros años fueron profundamente exigentes. No solo tuve que adaptarme a otra cultura, otros códigos y otra forma de relacionarme con las instituciones; también tuve que aprender a empezar desde un lugar de mucha vulnerabilidad. Vivíamos en una habitación, mientras yo esperaba la homologación de mis títulos, hacía cursos y asumía trabajos muy distintos a mi trayectoria profesional.
Hubo momentos que todavía me conmueven. Como madre sola con sus hijas, muchas veces tuve que salir a trabajar dejando a mis niñas en casa, con la instrucción de no hacer ruido y no abrir la puerta. No era por descuido; era porque no tenía otra alternativa. Teníamos que comer, pagar y sostenernos. Ese es un dolor que muchas mujeres migrantes conocen.
También existía el miedo de que alguien mirara nuestra realidad sin comprenderla. Que una situación de necesidad fuera juzgada sin ver el amor, el esfuerzo y la desesperación silenciosa que había detrás. Por eso muchas veces uno muestra a la familia una cara tranquila, aunque por dentro esté resolviendo miedo, cansancio, trámites e incertidumbre.
De esos años aprendí que migrar exige mucho más que valentía. Exige humildad, redes, formación, paciencia y una fuerza emocional enorme. España me confrontó con mis límites, pero también me enseñó que la dignidad puede sostenerse incluso en los escenarios más difíciles, cuando hay amor, fe y una decisión firme de no rendirse.
3. Tu proyecto se llama Tu Resiliencia. ¿Qué experiencia personal o profesional te llevó a crear este espacio de acompañamiento emocional?
Tu Resiliencia nace de mi propia reconstrucción. No nace desde una teoría lejana, sino desde la vida real: desde la migración, la maternidad, la enfermedad, la pérdida de estatus, la distancia familiar, la fe y la necesidad de volver a levantarme con sentido.
Yo venía de una trayectoria como catedrática universitaria, con años de experiencia en educación, familia y acompañamiento humano. Pero al llegar a España entendí que muchas personas no solo pierden un país; pierden una forma de ser vistas. Pierden reconocimiento, estatus profesional, redes, estabilidad y una identidad construida durante años.
Por eso seguí estudiando. Realicé el Máster en Atención a la Diversidad y Educación Inclusiva, después el Máster en Psicología y Gestión Familiar, y actualmente continúo formándome en procesos de duelo. No quería quedarme detenida en lo que me había pasado. Quería comprenderlo, darle estructura y convertirlo en una herramienta para otras personas.
Tu Resiliencia es una propuesta de reconstrucción humana: un espacio donde el dolor se nombra, la historia se ordena y la experiencia se transforma en conciencia, propósito y acción. Porque las narrativas de vida son únicas y merecen ser cuidadas y tratadas con profesionalidad. Integro la investigación, formación e intervención estratégica para fortalecer la capacidad de adaptación, el liderazgo y la salud mental frente a los desafíos actuales. 4. En tu trabajo acompañas a personas que atraviesan pérdidas, cambios o momentos difíciles. ¿Qué has aprendido sobre la capacidad que tenemos los seres humanos para volver a empezar?
He aprendido que volver a empezar no significa borrar lo vivido. Significa aprender a caminar con una nueva conciencia después de que algo importante se rompió o cambió.
Como latinoamericanos venimos de culturas resilientes: hemos aprendido a levantarnos frente a la inseguridad, la violencia, las crisis y las pérdidas. Somos solidarios, trabajadores y familiares, pero a veces confundimos fortaleza con aguantarlo todo en silencio. Por eso, uno de nuestros grandes retos es entender que cuidar la salud mental no es debilidad, sino una forma más digna y consciente de seguir construyendo vida.
La resiliencia te permite sobrevivir y adaptarte. La reconstrucción humana te permite renacer con mayor profundidad. No se trata solo de volver a funcionar, sino de convertir la experiencia dolorosa en una nueva base sólida para tu vida. Este es el corazón de TuResiliencia.
5. La migración implica dejar atrás una parte importante de nuestra vida. Desde tu experiencia, ¿cuáles son los desafíos emocionales que enfrentan con mayor frecuencia los latinoamericanos cuando llegan a España?
Uno de los desafíos más grandes es sostener dos mundos al mismo tiempo: construir una vida aquí, mientras el corazón y muchas responsabilidades siguen en el país de origen.
En muchos casos, las personas migrantes asumen los mismos gastos cotidianos que cualquier otra persona, como el alquiler, la alimentación y los impuestos y, además, mantienen el compromiso de enviar apoyo económico a sus familias en el país de origen. Esa carga silenciosa pesa mucho, porque muchas veces se sostiene a otros mientras uno también está intentando sostenerse.
También aparece el duelo por estatus: pasar de ser alguien reconocido en su país a tener que empezar de nuevo, sin redes, sin homologación inmediata y sin que los demás conozcan todavía su historia.
Pero con el tiempo también llega algo hermoso: España puede llegar a convertirse en un hogar; con el tiempo empezamos a sentirnos bien, en paz y agradecidas y agradecidos por el proceso vivido, incluso mejor en muchos aspectos que antes, no porque olvidemos nuestras raíces, sino porque también aquí hemos construido vida, vínculos y futuro.
6. Muchas veces hablamos del éxito profesional del migrante, pero poco de su salud emocional. ¿Crees que todavía existe un estigma a la hora de pedir ayuda? ¿Cómo podemos cambiar esa realidad? Sí, todavía existe mucho estigma. A muchos se nos enseñó a aguantar, a no hablar demasiado del dolor y a seguir funcionando aunque por dentro estemos agotados. Que debemos ser agradecidos… sí y no.
En la migración esto se intensifica, porque sentimos que no tenemos derecho a caer. Hay hijos que sostener, padres a quienes ayudar, cuentas que pagar, trámites que resolver y una vida nueva que construir. Entonces muchas personas silencian su sufrimiento para no preocupar a los demás.
Pero la salud emocional no es un lujo. Es una base para vivir, trabajar, criar, decidir y proyectarse. Cuando una persona está emocionalmente rota o agotada, eso afecta su familia, su empleo, su autoestima, sus relaciones y su manera de integrarse.
Cambiar esta realidad implica hablar de salud mental con más humanidad y menos juicio. Pedir ayuda no significa debilidad. Significa responsabilidad, conciencia y amor propio.
7. ¿Qué herramientas o hábitos recomendarías a una persona que hoy se siente sola, desorientada o emocionalmente agotada viviendo lejos de su país?
Empezar por mirar su vida con honestidad y orden: situación legal, trabajo, salud, vínculos, formación y propósito. La migración no se sostiene solo con fuerza; también necesita claridad, información y decisiones conscientes y mucho tiempo.
Es importante cuidar los vínculos cotidianos. La amistad, la familia elegida y las relaciones sanas ayudan a sostener emocionalmente el proceso. No se trata solo de conocer gente, sino de construir relaciones donde haya confianza, respeto y apoyo mutuo.
La formación también es clave. Hacer cursos, actualizarse y comprender los códigos del país permite recuperar seguridad personal y abrir nuevas posibilidades. Reconocer desde la humildad que no lo sabemos todo, que en otro país las herramientas son llamadas de forma diferente, los procesos son diferentes y debemos incluirlos en nuestra vida con respeto.
Sin duda la fe y la espiritualidad también son fundamentales como una forma de encontrar sentido, sostener el alma y recordar que la vida no se reduce al momento difícil que estamos atravesando.
A quien acaba de llegar, y también a quien lleva muchos años en España, le diría que no viva únicamente desde la supervivencia. Hay que aprender a habitar el presente con gratitud, sin dejar de construir el futuro con responsabilidad.
Tratar de ser feliz es lo fundamental.
8. ¿Cuál ha sido el caso, historia o experiencia que más te ha marcado en tu labor acompañando a otras personas y qué enseñanza te dejó?
Me marcan especialmente las historias de padres que sostienen a otros mientras ellos mismos están intentando no derrumbarse. Mujeres, madres, hijas, profesionales, cuidadoras, migrantes, hombres que han tenido que reconstruir su vida en silencio.
Pero también pienso en mí, mis propias hijas. Verlas hoy convertidas en mujeres conscientes, trabajadoras, sensibles y con proyectos de vida claros es uno de mis mayores orgullos.
Hoy mi hija mayor estudia Derecho y mi hija menor estudia Marketing, además de abrirse camino en el mundo del modelaje. Para mí, eso representa mucho más que un logro académico. Representa una historia familiar de reconstrucción, esfuerzo y dignidad.
Mis hijas han sido mi mayor espejo, mi mayor aprendizaje y mi recordatorio constante de que sí se puede volver a empezar.
La enseñanza más grande es que nadie debe ser reducido a su momento más difícil. Una persona no es solo su crisis. También es su historia, su conocimiento, su fe, su familia, su talento, su memoria y su capacidad de volver a levantarse.
Mi trabajo busca precisamente eso: ayudar a que las personas vuelvan a verse con dignidad, amor propio y humanidad.
9. ¿Qué significa para ti servir a la comunidad latina desde el ámbito del bienestar emocional y cuál te gustaría que fuera el legado de TuResiliencia?
Servir a la comunidad latina y europea significa honrar nuestras historias sin romantizar el sufrimiento. Somos una comunidad profundamente familiar, trabajadora, alegre, sensible, creativa y resiliente, pero también cargamos duelos que muchas veces no se nombran.
Siento también el compromiso de dejar en alto el nombre de mi país. Hacer patria no es solo vivir en el territorio donde nacimos; también es representar nuestras raíces con dignidad, estudiar, trabajar, cuidar a nuestras familias, abrir caminos y aportar valor allí donde estemos.
Hemos olvidado algo esencial: aprender a vivir el presente con más humanidad. Nos preocupamos por producir, resolver y llegar a todo, pero aplazamos un abrazo, una conversación, un beso a nuestros padres, un momento con nuestros hijos, una escapada con la pareja o un café con un amigo. Para mí, la verdadera reconstrucción también consiste en volver a mirar a las personas, cuidar los vínculos, sostenernos unos a otros y recordar que la felicidad no siempre está en los grandes logros, sino en la profundidad con la que habitamos lo cotidiano.
Más que un legado de TuResiliencia es ofrecer una mirada ética, humana y académica sobre la reconstrucción humana, donde ninguna persona sea reducida a su herida o a su pérdida. Entiende la resiliencia no como simple resistencia, sino como un proceso de reorganización emocional, identitaria y vital para recuperar sentido, dignidad y dirección.
10. Para terminar, si pudieras enviar un mensaje a todos los latinoamericanos que están construyendo una nueva vida en España, ¿qué les dirías para recordarles que nunca es tarde para empezar de nuevo?
Que miren su camino con orgullo. Al que acaba de llegar, al que todavía está buscando trabajo, al que vive con incertidumbre, pero también al que ya tiene papeles, casa, familia, estabilidad y una vida construida en este país. Todos, de alguna manera, seguimos reconstruyéndonos.
A los migrantes de todas las nacionalidades les diría que no se avergüencen de su proceso. Dejar la tierra, la familia, los amigos, la profesión y los códigos conocidos requiere una valentía enorme. Migrar no es empezar de cero; es empezar desde todo lo vivido, desde la memoria, desde la experiencia y desde la fuerza que ya traemos.
No importa si hoy están limpiando una casa, estudiando una carrera, emprendiendo, trabajando en una empresa, cuidando a sus hijos o liderando una organización. Ningún momento define por completo el valor de una persona. Lo que realmente habla de nosotros es la dignidad con la que caminamos, la honradez con la que trabajamos y el amor con el que seguimos construyendo para nuestras familias.
A quienes ya han logrado estabilidad, les diría que no olviden de dónde vienen. Que sigan dejando en alto el nombre de sus países, no solo con éxito económico, sino con valores, educación, respeto, solidaridad y humanidad. También hacemos patria cuando aportamos al país que nos recibe, cuando nuestros hijos estudian, cuando trabajamos con excelencia, cuando abrimos puertas a otros y cuando representamos nuestras raíces con orgullo.
A las mujeres migrantes les diría algo especial: no carguen solas con la culpa. Muchas veces nos sentimos culpables por dejar a nuestros padres, por cambiar la vida de nuestros hijos, por no poder con todo o por haber tenido que empezar desde lugares que nunca imaginamos. Pero también debemos reconocer nuestra valentía. Hemos sostenido hogares, cuidado generaciones, abierto caminos y demostrado una fuerza inmensa incluso en silencio. Que se den el lugar, se amen mucho, se mimen, son mujeres valiosísimas; y a los hombres migrantes, permítanse ser vulnerables; pedir ayuda también es un acto de valentía. No olviden que también merecen descanso, apoyo y esperanza.
Somos latinoamericanos. Llevamos fuerza en la historia, ternura en la familia, fe en el corazón y dignidad en las raíces. Nuestra tierra vive en nosotros, pero también tenemos derecho a construir un futuro hermoso en este país.
Marcela, gracias por la invitación y por impulsar espacios que humanizan la migración y nos recuerdan la importancia de escucharnos. Ha sido un honor compartir este diálogo contigo. Te deseo que sigas inspirando muchas más conversaciones como esta.