La voz de Gianluca Rampolla, coordinador residente de la ONU en Venezuela, resuena hoy con una urgencia palpable: el país necesita acceder a sus propios recursos y, aun así, advierte, "no van a ser suficientes" para la titánica tarea de reconstrucción tras los recientes terremotos. Esta declaración, difundida esta misma semana, es mucho más que un informe técnico; es un grito de auxilio que alcanza a cada familia venezolana, esté en Caracas o en Madrid.
Rampolla subraya una realidad compleja: para levantarse de la devastación, Venezuela requiere desbloquear activos congelados en el extranjero y reabrir el crédito multilateral. Estos dos pilares económicos, paralizados desde hace años por sanciones internacionales y la propia situación interna, son ahora esenciales para abordar una emergencia humanitaria y estructural que no da tregua. La paralización de estos fondos y créditos significa que, incluso ante una tragedia como un terremoto, las herramientas más básicas para la recuperación están atadas de manos.
La reconstrucción no es solo levantar paredes. Es garantizar que los servicios básicos funcionen, que las comunidades no queden aisladas, que miles de personas tengan un techo seguro. La advertencia de Rampolla sobre la insuficiencia de estos recursos, incluso si se liberan, pinta un panorama desolador que añade capas de preocupación a la ya precaria situación humanitaria y económica de Venezuela. Esto significa que la ayuda internacional, aunque crucial, no basta si el país no puede manejar sus propias finanzas para la emergencia.
Para el migrante venezolano en España, esta noticia tiene un eco directo en su día a día. ¿Cómo afecta esto a las remesas que envía cada mes? Si la economía del país está aún más ahogada, el valor real de esos euros disminuye, y el impacto que tienen en sus familias allá se debilita. El esfuerzo económico de aquí se diluye en una cadena de valor que lucha por sobrevivir, haciendo que el sacrificio de enviar dinero sea cada vez mayor para lograr el mismo efecto, o incluso menor.
Impacto en los proyectos de vida y el futuro familiar
Pero no es solo el dinero. Es la incertidumbre que se cierne sobre los proyectos de vida. Muchos venezolanos en España, aunque llevan años fuera, mantienen la esperanza de un eventual retorno o de poder traer a sus seres queridos. La profundización de la crisis y la dificultad para una reconstrucción básica post-terremotos empuja estas esperanzas a un horizonte más distante. ¿Cómo plantearse volver a un país donde las infraestructuras colapsan y los recursos para levantarlas están bloqueados? ¿Cómo pedir a un familiar que venga si las perspectivas de estabilidad y seguridad en su tierra natal son cada vez menores?
La mención de Rampolla sobre “decidir dónde no se vuelve a construir” es particularmente reveladora. No es una frase al azar; implica una visión crítica sobre la planificación urbana y la resiliencia en un país vulnerable. Sugiere que algunas áreas son demasiado peligrosas o inestables para ser habitadas de nuevo, lo que a su vez plantea la necesidad de reubicaciones masivas y la creación de nuevas comunidades. Esto, en un país con una infraestructura ya deteriorada y sin acceso a crédito, se convierte en un desafío de proporciones gigantescas, generando más desplazamientos internos y, potencialmente, nuevas olas migratorias.
La comunidad latina en España, especialmente la venezolana, se convierte así en un observador privilegiado pero a la vez impotente de una realidad que les golpea de cerca. La falta de acceso a recursos no solo ralentiza la respuesta a la emergencia, sino que ahoga cualquier atisbo de recuperación a largo plazo. Es un recordatorio de que la inestabilidad política y económica de un país tiene consecuencias directas y tangibles para sus ciudadanos, estén donde estén.
¿Qué podemos hacer desde España?
Desde aquí, es fundamental mantenerse informado a través de fuentes fiables. La diáspora puede buscar y apoyar iniciativas humanitarias verificadas que trabajen directamente en la zona, aunque Rampolla ya advierte que la ayuda externa, por sí sola, no es la solución definitiva. Lo primordial es presionar para que se encuentre una vía de diálogo y acuerdo que permita a Venezuela gestionar sus propios recursos y recibir el apoyo financiero multilateral que necesita. La reconstrucción de un país no puede ser un juego político, y menos cuando vidas y el futuro de millones de personas están en juego.
La declaración del coordinador de la ONU no es solo una llamada a la acción, sino una constatación de la fragilidad extrema en la que se encuentra Venezuela. Para los miles de latinos en España, es un espejo de la angustia por sus raíces y una señal clara de que la estabilidad de su país de origen sigue siendo una quimera lejana, con profundas implicaciones para sus propias vidas y planes familiares. La comunidad internacional, y las propias autoridades venezolanas, tienen la responsabilidad de encontrar una salida a este laberinto económico y humanitario.


