El Día de las Madres reúne cada año, en cocinas de Madrid, Barcelona o Valencia, una conversación que rara vez aparece en los discursos oficiales: la de mujeres latinoamericanas que un día empacaron lo justo y se subieron a un avión sin saber muy bien qué iban a encontrar al otro lado. Detrás de cada vídeo de WhatsApp con felicitaciones a la abuela en Quito, en Tegucigalpa o en Lima hay una historia de trabajo, papeles atrasados, llamadas de madrugada y un cálculo permanente entre lo que se gana aquí y lo que se manda allá.

Periódico Latino ha conversado con tres de esas madres durante las últimas semanas. Las tres pidieron cambiar su nombre por miedo a ser identificadas en sus comunidades de origen o en sus puestos de trabajo. Los datos que rodean sus relatos —ciudades, oficios, fechas— son reales. Lo que une a sus historias no es la pobreza, ni la nostalgia, sino una decisión callada y sostenida en el tiempo: la de no dejar de ser madre desde la distancia, y la de empezar otra vez en un país donde nadie las estaba esperando.

Yolanda, ecuatoriana en Madrid: 'Limpié hoteles tres años para que mis hijos no notaran la diferencia'

Yolanda llegó a Barajas en 2018 con dos hijos pequeños y un visado de turista a punto de expirar. Venía de Guayaquil, donde trabajaba como recepcionista en una clínica privada. En Madrid empezó limpiando habitaciones de hotel en Gran Vía, doce horas por turno, con un contrato verbal que cambiaba cada mes. 'Lo más duro no era el cansancio, era llegar a casa y fingir que estaba bien para que los niños no se asustaran', recuerda en la cocina del piso compartido donde vivió sus primeros dos años en España.

El giro llegó cuando una compañera dominicana le habló del arraigo social y de los cursos del SEPE. Yolanda se matriculó en una formación de auxiliar de enfermería mientras seguía limpiando. Estudiaba en el metro, entre la línea 1 y la línea 6. Hoy trabaja en una residencia de mayores en el sur de Madrid, con contrato indefinido y un salario que le permite pagar el alquiler de un piso propio para ella y sus hijos. 'Mis hijos saben que esa primera etapa existió, pero también saben que su madre no se quedó ahí. Eso es lo que quiero que recuerden cuando hablen de mí.'

Marleny, hondureña en Valencia: del miedo en San Pedro Sula al comedor de Russafa

Marleny salió de San Pedro Sula en 2020 huyendo de una relación que había puesto en riesgo su vida y la de sus tres hijos. Llegó primero a Madrid, durmió en casa de una prima durante seis meses y terminó en Valencia, donde una asociación de mujeres migrantes le ayudó a tramitar la protección internacional. Durante el primer año vivió de trabajos por horas en cocinas: pelar patatas, fregar bandejas, salir cuando ya había anochecido. 'No me importaba el horario. Me importaba que nadie supiera dónde estábamos.'

En 2024, con la resolución favorable de su expediente y un curso de cocina financiado por una entidad social, Marleny abrió un pequeño comedor en el barrio de Russafa especializado en baleadas y plato típico hondureño. Trabaja de lunes a sábado, ella y una socia salvadoreña. Sus tres hijos están escolarizados, dos de ellos ya hablan valenciano. 'Yo no quiero que crezcan con la misma historia que la mía. Por eso me levanto a las cinco. Por eso, cuando me preguntan por qué emigré, no contesto con frases bonitas. Contesto que vine a salvarlos.'

Soledad, peruana en Barcelona: siete años para volver a abrazar a su hijo

La historia de Soledad es la de muchas mujeres peruanas que llegaron a España a finales de la década pasada para trabajar como internas en el cuidado de mayores. Salió de Lima en 2017 dejando a su hijo de cuatro años con su madre. La idea era estar fuera dos años. Fueron siete. La pandemia, los procesos de extranjería detenidos y la imposibilidad de pagar un piso para reagrupar a su hijo alargaron una espera que la marcó. 'Aprendí a ser madre por videollamada. No se lo recomiendo a nadie, pero tampoco quiero que me lo juzguen sin haberlo vivido.'

Soledad consiguió la reagrupación familiar en 2024, ya con permiso de larga duración y un contrato estable como auxiliar a domicilio. Su hijo, hoy adolescente, vive con ella en un piso del Raval. Estudia en un instituto público y, según cuenta, ha tardado meses en llamarla mamá sin titubear. Mientras tanto, Soledad se ha matriculado en un grado medio de atención sociosanitaria. Quiere homologar la formación de enfermería que dejó a medias en Perú. 'Me costó siete años recuperarlo. No voy a perder ni un día más por no tener un papel en regla.'

Lo que estas tres historias dicen sobre la migración latina en España

Los relatos de Yolanda, Marleny y Soledad coinciden en algo que las estadísticas oficiales suelen pasar por alto. Las mujeres latinoamericanas son una de las primeras puertas de entrada laboral del país en sectores como cuidados, hostelería y limpieza, pero también una de las grandes responsables silenciosas de la regularización familiar posterior. Son ellas quienes sostienen el padrón, quienes reúnen los papeles, quienes negocian con los propietarios y quienes terminan estudiando por las noches para subir un peldaño. La maternidad migrante no es un símbolo, es un trabajo a tiempo completo que no figura en ninguna nómina.

Este 10 de mayo, mientras se multiplican las felicitaciones por redes y los ramos en las puertas de las floristerías, conviene recordar que en España viven cientos de miles de madres que celebran este día con una llamada internacional, un turno partido y un cuaderno de cuentas en el bolsillo. Sus historias no caben en una sola fecha, pero merecen, al menos hoy, ocupar el centro del relato.